El Vaticano ha elevado su voz más alta de protesta contra el allanamiento a la arquidiócesis de Bruselas en busca de documentos que vincularían a religiosos con abusos sexuales de niños. La Santa Sede calificó la requisa como un secuestro, un hecho grave e increíble que no se perpetró ni siquiera en los viejos regímenes comunistas. Peor que el allanamiento son los abusos sexuales cometidos por obispos y sacerdotes contra niños inocentes e indefensos. Pero la acción que tanto ha indignado a la Iglesia Católica evidencia que la entidad religiosa no está por encima de la ley y la justicia. Aparte de que las tropelías protagonizadas por sus representantes le han restado poder e influencia. El Vaticano se ha quejado de que los obispos que estaban en la diócesis allanada por la Policía belga permanecieron nueve horas sin comer ni beber, lo que ha calificado como un secuestro. Hasta las tumbas de dos arzobispos fueron requisadas por la Policía belga. Quizás lo que más ha molestado al Vaticano es que la justicia belga no considere sus templos tan sagrados como para no actuar ante denuncias o sospechas de violaciones. Y el temor de que se repita.
