Amenazar con una huelga general no es el recurso de los dirigentes sindicales para presionar a los patronos con un aumento general de salarios. Al carecer de fuerza y liderazgo, los sindicalistas están como el que amenaza con carabina vacía. Si algo deben hacer los llamados representantes laborales es integrarse al diálogo para discutir un necesario reajuste salarial.
Con bravuconadas no se va para ningún lado. Los patronos se han mostrado no sólo dispuestos a dialogar, sino a reconsiderar su oferta al respecto. Se trata de una actitud positiva, que los sindicalistas deberían aprovechar. Pero fuera de la mesa de negociaciones no conseguirán ni siquiera el respaldo de la propia clase que representan. Dialogar no significa aceptar las condiciones, sino explorar fórmulas para llegar a acuerdos satisfactorios para ambas partes. Lo que sí deben tener los sindicalistas es la suficiente capacidad para hacer valer sus argumentos. Pero perderse en lo claro deja mucho que desear. Hablar de un paro de 24 horas o del tiempo que sea no es más que una pérdida de tiempo. La gente tampoco está en protestas, ni siquiera contra el alto costo de la vida.
