Opinión

¡Como pasa el tiempo, compadre!

¡Como pasa el tiempo, compadre!

Parece que fue ayer cuando la infausta noticia interrumpió mi desvelo; pero ha pasado un año desde aquella llamada de María cargada de llantos y dolor. En ese momento, se apoderó de mí el temor que se tratara de nuestra temprana despedida. Cuarenta y nueve años era poco tiempo para una vida.

Al igual que tú, no creo en el más allá, pero a pesar de eso, tus amigos nos reunimos en la iglesia de la Epifanía, para recordar el primer aniversario de tu ausencia, porque ninguno aceptamos la muerte como tu destino final.

Allí abrazamos a tus hermosos hijos. ¡Si pudieras verlos! Están grandes y bien cuidados. Hubo momentos de tristeza y de congoja, pero también espacio para recordar algunas de tus jocosidades

Estoy seguro, compadre, que en el recuerdo, volveremos a recorrer juntos los colmadones que marcaban la ruta hacia el hogar después de la jornada diaria, y la parada obligada en La Venganza bajo el ardid de “una pequeña para el camino”.

Esto porque tú no estás muerto. Y eso debes ya  saberlo, porque el abismo de la muerte no siempre acompaña al que se marcha. Y yo te siento aquí, tan cerca, como si cada tarde cuando cruzo el puente, tú lo hubieras cruzado primero para saludarme con una sonrisa.

Dicen algunos tontos que te encuentras en la sabiduría de la muerte. Sin embargo, tus amigos te preferimos en la ignorancia de la vida.

Volveremos a vernos, transfigurado y feliz, no ya con el pesado fardo de la muerte, sino avanzando por senderos nuevos de luz y vida, bebiendo con embriaguez a los pies de Dios un néctar del cual nadie se saciará jamás.

No tengo dudas que los grandes amigos nunca mueren, solo se retiran de a poco, pues a cada momento se nos presentan con sus frases, cariños, bromas y buenos consejos. Por eso seguiré riendo de las cosas que nos hacían reír juntos.

(In Memóriam, a Luis Adames)

El Nacional

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