Con la Navidad encima, se me ocurre dejar de lado los temas que usualmente abordo para ofrecerles una lectura agradable a los que me honran leyéndome.
Les cuento que mis hijas Rebeca y Amanda suspiran a través de Aurora, de Blanca Nieves, de la Sirenita y de las demás princesas de Disney, y a pesar de que mi esposa y yo estamos mayorcitos para dejarnos seducir por ese mundo de fantasía, lo cierto es que el entorno mágico y las sonrisas que en él se derrochan, terminan haciéndonos cómplices de los sueños de nuestras dos pequeñitas.
Fue por eso que en los primeros días de este mes agonizante, volvimos por quinta ocasión en los últimos cinco años a adentramos en los fascinantes cuentos de hadas del visionario animador estadounidense, fallecido irónicamente antes de inaugurarse Disney World. Los siete mundos del Reino Mágico, el emblemático parque temático del complejo, flanqueados por el castillo de Cenicienta y por un decorado donde cobran vida los personajes del celuloide, no dejan de traducir la experiencia en inolvidable sin importar las veces que se vaya.
Cada día se pasean Pinocho, Donald, Pluto, Minie, Daisy, Alicia, Aladino y Jazmín, Winnie Pooh, Peter Pan, Garfio, Campanita, Woody y sus amigos de Toy Story, Rapunzel, Bella y la Bestia, en fin, los personajes de ese mundo fantástico que alelan a niños y a adultos.
Y ahora en Navidad, por las noches desfilan todos ellos por la calle principal sobre vistosas carrozas iluminadas por bombillitas de colores, mientras que del cielo caen copos de nieve artificial. Disney será siempre un destino encantado para escapar de la pesadez cotidiana, y por eso vale la pena, en ésta o cualquier otra temporada del año. De manera que si está dentro de sus posibilidades, sin importar si ya lo ha hecho antes, contémplelo como refugio en estas frías festividades.

