y 2
En la entrega anterior preguntaba si están dadas las condiciones para que fuerzas políticas sin diferencias fundamentales depongan su histórica actitud de preferir ser cabecillas de proyectos sin mayor trascendencia ni posibilidades electorales, plagadas de intereses mezquinos, para integrarse en la conformación de una opción con la musculatura requerida para concitar el favor popular y conquistar el poder.
La promulgación de la ley de partidos ha instalado un escenario novedoso con rígidos requisitos para participación de nuevas organizaciones y formación de alianzas electorales. Además, la celebración separada de elecciones municipales, congresuales y presidenciales, obliga a replantear actitudes porque de insistirse en conductas obcecadas y un protagonismo pernicioso, podríamos estar en los albores del epílogo de carreras políticas que pudieron merecer mejores destinos.
Pese a lo mucho que se ha reiterado, nunca sobra recordar que la permanencia del PLD al frente de los destinos nacionales tiene, entre otras explicaciones, la inexistencia de una alternativa opositora capaz de convertirse en el foco de atención de miles de ciudadanos que estarían dispuestos a apoyar un cambio, pero que no se han sentido seducidos por una propuesta con potencialidad para ofrecerle seguridad de que apoyarla sería un paso de avance para el país.
Es cierto que el partido de gobierno está lejos de su mejor momento, pero minimizar sus capacidades para reunificarse y las múltiples posibilidades que ofrece el manejo antojadizo del patrimonio público, sumado a la legión de beneficiarios de planes populistas y clientelares de asistencia social y nóminas abultadas, es un error infantil solo concebible en ilusos soñadores.
Si la oposición enfrenta al PLD en el 2020 con idénticas debilidades de procesos anteriores, concurriendo fragmentada, compitiendo contrasí misma, con candidaturas inodoras, incoloras e insípidas, que se prepare para continuar alejada del Palacio Nacional, lo cual podrá ser poca cosa para ella, pero demasiado grave para la nación.
La conformación de un amplio frente político social en el cual segmentos importantes de la sociedad civil ofrezcan un espaldarazo a una opción política unificada sobre la base de un plan mínimo de gobierno, representa la única manera de arrebatarle la conducción del Estado a un partido que, pese a todo, preserva fortaleza electoral innegable.
Esa coalición debe abordarse cuanto antes, hacer oposición mancomunada desde ya, estructurar candidaturas fuertes desde lo municipal, pasando por lo congresual y terminando con lo presidencial. Cualquier repetición del pasado con sus errores garrafales, sellaría una nueva derrota electoral.

