Cantaora que honró el Teatro Nacional, ella fue alegría esencial y arte puro, todo en uno. Es única, sensible e inolvidable
José Rafael Sosa
Joserafael.sosa@gmail.com
Concha Buika penetró al escenario de la sala Carlos Piantini del Teatro Nacional Eduardo Brito, con un paso seguro y una amplia sonrisa cómplice, de esas que se ofrecen los amigos que se conocen hace tiempo.
El un valor adicional al de su arte sorprendente, adjunto a a su cantar hondo, al color grave y aguardensoso de una voz única, que lo impregnaba todo, ese fue la muestra de cuán intensamente alegre se puede vivir tan solo por amar por se hace lo que se hace.
Buika, supo desde muy temprano en su vida que lo suyo era el arte y que, de entre sus muchas expresiones, el cantar flamenco toda letra de amor posible, su misión.
Lo que hizo anoche en el Teatro Nacional no fue un concierto “ a casa llena”, ni “conquistó” a nadie con nada.
Ella simplemente fue a dar lo que tiene desde el tesoro de un estilo difícil y a dejar una marca en el alma de quienes acudieron a la cita. Para el país esta mujer, en su primera visita al país, el valor de todo consistía en al festejarse en su cantar y en su vida. .
Su estilo entregado vuelo libre del flamenco, gracias al color de su voz, su carisma en escena y el signo de alegría de vivir en que se ha transformado, llegó con esa naturalidad a la gente.
Negra, hermosa, tatuada con 12 nombres en su brazo izquierdo, bebiendo a sorbos lo que parecía whisky y sorbos de agua, ronca la voz hizo un alto para hacer brindar con palabra sentida e inteligente. mostrando sencillez y profundidad y rebeldía, todo en la misma receta.

