Mi generación
La importancia de mi generación (la Generación del 60) radica en que fuimos testigos de excepción de una época en que morían y nacían esquemas y estructuras. Nuestra generación fue testigo —en su último estadio— del inicio de la desaparición de los totalitarismos y de ciertos humanismos, así como del arribo inmisericorde de la peor de las ideologías —la del bienestar—, incubada por el new deal de Roosevelt y catapultada por el fair trade de los cincuenta, donde el ocio comenzó a apoyarse en la cibernética, abriéndose a revoluciones que, como la cubana y la cultural china, fueron paradigmas. Así, a nuestra generación le tocó comprender a-la-carrera lo que significaba un esquema social enfermo y, tras sumergirnos en las fragmentaciones y rupturas de sueños y utopías, ser empujados, cada vez con mayor incidencia, hacia lo fácil, hacia ese borde alimentado por la cáscara y la apariencia.
Maquiavelo [a Luis Abinader, que se estrena como presidente]
El Príncipe es un estudio riguroso acerca del ejercicio del poder y, sobre todo, del paso del hombre a la posteridad a través de esa práctica. En ningún estadio de la historia el poder se ha ejercido tan plenamente como en el Renacimiento, donde la licencia para matar [por cuchillo o por envenenamiento], fue permitida y auspiciada por las leyes y la Iglesia, o al menos mirada de soslayo. Napoleón, Roosevelt, Hitler, Lenin, Trujillo, Fidel, Kennedy, los gobernantes rígidos, implacables, de moral dual, visionarios, democráticos o austeros, representaron el papel de El Príncipe en algún momento de sus vidas
Las férreas dictaduras
Distinto a como se estableció en las dictaduras de Stalin, Mussolini, Hitler y Franco, en donde la exclusión de trotskistas, judíos y comunistas fue una estrategia de cohesión, Trujillo lo hizo a la inversa, atrayéndose a la crema y nata de la intelectualidad pensante, ya fuera ésta izquierdista, como aconteció con Francisco Prats-Ramírez, un derechista; como en el caso de Manuel Arturo Peña Batlle, un ideólogo; o de origen humilde, como Ramón Marrero Aristy. Del mismo modo, Trujillo creó una oficialidad élite en los cuerpos armados que, hasta el día de hoy, sus descendientes de segunda, tercera y cuarta generaciones mantienen activa».
El trujillismo
El trujillismo fue un sistema que aglutinó inteligencia y fuerza brutal para incidir de manera absoluta, en la totalidad de la producción social dominicana, incluyendo, desde luego, el más dominante ordenamiento de las demás estructuras. Por eso, el atropello de Trujillo se operó desde un sistema que introdujo cambios radicales en la vida del país y que —a más de cincuenta años de su muerte— se siguen sintiendo.
El cambio como bisagra o frustración
Debemos entender que el cambio es inalcanzable, porque crea un zigzag intemporal de esencias que siempre se niegan a cambiar y ojalá no escuchemos a Danilo Medina gritar como Jean Agueda, en El engranaje de Jean-Paul Sartre: «¡Infelices! ¡Creen hacer un cambio de política y lo único que harán será cambiar un hombre por otro!».
Efraim Castillo
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