Opinión

Corrupción dominante

Corrupción dominante

Hasta hace algún tiempo teníamos la creencia de que determinadas leyes no podían ser desconocidas, pero con el desarrollo de la corrupción nos hemos dado cuenta de que en nuestro país, y en otros regidos por formaciones económico-sociales iguales, se pueden acomodar las leyes, aún las de la naturaleza, de la física y las matemáticas, a los intereses de determinados grupos, sectores, clases y capas sociales.

La ley, desde el punto de vista filosófico, expresa conexión entre los fenómenos o entre los objetos materiales relacionados entre sí.  Así, por ejemplo, tenemos la ley biogenética, de la contradicción, de la correspondencia entre las relaciones de producción y el carácter de las fuerzas productivas, de identidad, de la conservación de la energía, de la negación, de la relación inversa, de la unidad de los contrarios, de los grandes números, del tercero excluido y de la conservación.  Pero todas estas leyes están a merced, capricho y determinación de los hombres y las mujeres, y sus intereses.

En nuestro país, las leyes de la física tienen que someterse, no a la realidad de las cosas, sino a lo que la corrupción le ha puesto precio y condiciones.

Aquí se ha llegado a un grado tal de descomposición social que no siempre lo que dice un axioma es lo que hay que aceptar, sino lo que el tráfico de influencia, la politiquería y la mercancía dinero considera conveniente decidir y definir.

 Así, por ejemplo, la suma de dos más dos no siempre es cuatro.  Si el fenómeno de la corrupción está interesado en que dos más dos sea tres o cinco, hay que aceptarlo porque así es el interés de quien tiene en sus manos los recursos económicos o los medios políticos para que así sea.  

Quisiéramos que no fuera así, pero la vida práctica nos enseña que estamos viviendo bajo la ley de la corrupción; no importa de qué lado esté la razón, la justicia y la verdad.  Todo se puede torcer, siempre y cuando esté de por medio el dinero y se encuentren frente a frente dos personas: una dispuesta a dar, pagar la corrupción, y otra a recibir la paga.

El sistema social bajo el cual estamos viviendo los dominicanos, tiene leyes y fenómenos que le son inherentes, lo siguen a todas partes como la sombra sigue a todo el cuerpo, y el de la corrupción es uno de ellos, habiendo llegado, en nuestro país, a un grado tal de desarrollo que arropa a  las instituciones.

Lo mejor del pueblo  tiene la percepción de que desde que un asunto cae en el círculo de un organismo del Estado, sin importar lo alto o bajo que sea, la corrupción y el tráfico de influencia imponen sus condiciones.

Resulta irritante, molesto,  enojoso, mortificante, fastidioso y tormentoso,  soportar la burla de un corrupto, quien en nombre de su investidura e influencia impone sus designios a cambio de dinero, sin importar que la persona a la cual lesiona con su indecente proceder tenga  la razón desde el punto de vista constitucional, legal o conforme a las leyes de las ciencias físicas y matemáticas.  La corrupción aquí tiene más poder que la Constitución y todo el ordenamiento jurídico que de ella dimana.  Por lo menos eso es lo que estamos viendo.

El Nacional

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