En las sociedades sostenidas por sistemas sociales como el que existe en nuestro país, se presentan fenómenos que les son inherentes, y el de la corrupción es uno de ellos.
El nivel de descomposición aquí ha llegado a un grado tal de profundidad que diferentes sectores se han expresado preocupados porque la corrupción toca todas las áreas, sin excepción.
Y lo peor de todo es que la corrupción se cubre con el manto de la impunidad.
Hasta ahora no hay una sola persona, física o moral, sancionada por sustraer fondos públicos.
Todo se ha limitado a denuncias, informes, comisiones, sometimientos y demás.
Pero nada de condenación.
Aunque la Constitución y leyes especiales establecen sanciones contra los que se enriquecen con los recursos del Estado, todo se convierte en letra muerta.
Las sentencias condenatorias y las cárceles están reservadas para delincuentes comunes de poca monta, para rateros.
Los de cuello blanco, aunque viven al margen de la ley, disfrutan de lo mayor impunidad.
En la democracia representativa que padecemos los dominicanos, la corrupción es una institución como otra cualquiera y muchas veces se presenta con más fuerza y poder que todos los organismos del Estado.
Una demostración de que el fenómeno de la corrupción es inherente al sistema social que rige aquí, es que en otros países, donde está vigente una organización económica idéntica a la que tenemos, existen los mismos vicios, las mismas lacras sociales.
El fenómeno de la corrupción goza de tanta influencia en nuestro medio social que dispone de recursos materiales y espirituales.
Se sustenta en la mercancía dinero para tener a su alcance abogados, artistas, periodistas, legisladores, politiqueros, jueces, fiscales, Secretarios de Estado, escritores, órganos represivos, medios de comunicación, dirigentes sindicales, gremiales, empresariales, y todo el que esté en condiciones de ponerle precio a su conducta y comportamiento.
El pueblo dominicano está plenamente convencido de la profundidad del desarrollo de la corrupción en los últimos años, y es la razón por la cual ha perdido la confianza en las instituciones del Estado, en los partidos tradicionales y en la generalidad de la cúpula dirigencial de los mismos.
Pero no todo está perdido. Lo bueno que queda aquí, lo que no está contaminado por la corrupción, se mantiene firme, alerta, y dentro de lo posible se manifiesta, levanta su voz, reclamando sanción contra los que han hecho del robo una forma normal de vida. La corrupción tiene muchos aliados, pero también sus adversarios, que son los más.

