POR Príamo H. Medina P.
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Políticos, religiosos, empresarios, gremios, profesores y estudiantes, y la mayoría de las voces que se levantan para condenar la corrupción administrativa, aplican una doble moral, cada vez que se refieren al rápido enriquecimiento de muchos políticos a su paso por el poder.
Somos una sociedad en la que se predica permanentemente que quien desempeña una posición pública y no se aprovecha de la misma, es un pendejo, lo que, en otras palabras, quiere decir que acceder al gobierno es sinónimo de hacerse rico a corto tiempo y con el menor esfuerzo posible.
El colmo de la doble moral, la encontramos en el descaro de la mayoría de nuestros políticos, quienes, mientras están en la oposición, son acérrimos enemigos de la corrupción, hasta que alcanzan el poder, porque a partir de ese momento, el olvido es total, y nunca más se recuerdan de sus prédicas y promesas.
Pero, si queremos saber más, basta escuchar a los políticos y empresarios ricos en los últimos cuarenta años, llenarse la boca diciendo, que para ganar un cargo electivo (senador, diputado, síndico, regidor), es necesario tener, 5, 10, 15 o 20 millones de pesos, sin averiguar la procedencia de esa fortuna.
La corrupción gubernamental, va pareja con la corrupción privada, y casi siempre una y otra van de la mano. Viene de muy atrás, y se ha hecho tan común, que nos hemos acostumbrado a vivir con ella.
¿Eso significa, que debemos cruzarnos de brazo, aceptarla y celebrarla como si fuera una virtud?
De ninguna manera.
Combatirla sin tregua, hasta poder desterrarla, es un compromiso generacional al que no debemos renunciar, ni ahora ni después.
Ya como nación, ya como país, lo que se requiere con urgencia es una especie de sacudida que haga desaparecer la careta que exhiben muchos dirigentes y lideres de nuestra sociedad, que viven de la corrupción y al mismo tiempo despotrican en su contra.
Es tiempo de que aprendamos a satanizar a nuestros propios corruptos. No basta que lo hagamos con los que están en la acera del frente.

