Los efectos de la corrupción a nivel mundial han sido tan devastadores que hasta el papa Francisco se ha visto precisado a condenar firmemente el flagelo. Y a establecer diferencias entre el pecador y el corrupto. “El primero”, dijo, “reconoce con humildad ser pecador y pide continuamente el perdón para poderse levantar, mientras que el corrupto es elevado a sistema, se convierte en un hábito mental, en un modo de vida”.
El criterio expuesto por Su Santidad no solo cabe como anillo al dedo a países sacudidos por la tormenta del flagelo, como República Dominicana a lo largo de su historia, sino que se presta a profundas reflexiones sobre la suerte de la nación.
A tono con la apertura que ha caracterizado su papado, Francisco volvió a clamar tolerancia con los homosexuales, de quienes dijo no deben ser marginados. Y recordó sus palabras: “Si una persona es gay, busca el Señor y tiene buena voluntad ¿quién soy para juzgarle?”. Pero cita la corrupción como el peor de los pecados.

