Abril: un faro que se apaga
La resistencia victoriosa de los militares constitucionalistas y de los civiles que le acompañábamos en el hotel Matum, el 19 de diciembre de 1965, fue el último episodio militar de ese capítulo que hemos llamado La Epopeya Incompleta y la última lección, en ese entonces, que le dio el pueblo dominicano a los gobernantes de los Estados Unidos, que integraban el gobierno presidido por Lyndon Johnson. A partir de ese momento nuestro pueblo obtuvo el reconocimiento de un criterio totalmente diferente en esa poderosa nación del norte, que le ha servido de advertencia para aprender, como lo confirmaron los vietnamitas años después, que los pueblos no son grandes y poderosos, firmes y decididos o valientes, por su tamaño geográfico, ni por el grado de riquezas que hayan acumulado durante su existencia. Por esas razones Fidel Castro nos calificó de pueblo Legendario, Veterano de la Historia y David del Caribe.
Allá, en el recuerdo, en el registro de la memoria, queda el ejemplo de las mujeres y hombres que participaron y dirigieron esa hazaña, muchos de los cuales murieron levantando con dignidad y firmeza la bandera de la soberanía. Por esas razones la generación actual y las futuras deben tener presente que los principios que sustentan el ordenamiento de una sociedad democrática, que son los de igualdad, salud, educación y justicia social, no pueden olvidarse jamás y que esos principios como un faro gigantesco que no se apague nunca, deben pautar, como camino correcto, acertado, exitoso, el destino de nuestro pueblo.
Ahora, en los momentos actuales, y frente a un futuro que no es halagüeño, por el desequilibrio económico que todavía impera en el escenario americano de Centroamérica y del Caribe, los miembros y militantes del Partido de la Liberación Dominicana estamos obligados, mujeres y hombres, a mantener vivo el recuerdo del gran maestro político dominicano y de América, el profesor Juan Bosch, que fue el personaje inmediatamente después del ajusticiamiento de Rafael Trujillo Molina, en mayo de 1961, que a su regreso del exilio por más de veinte años, sustentado en su extraordinaria experiencia política, adquirida por haber vivido en diferentes países americanos, y adornado por una espontánea vocación de servicio ciudadano, se entregó en cuerpo y alma a elevar el conocimiento, de la lucha política, del pueblo, guiándolo a la victoria del 20 de diciembre de 1962, cuando obtuvo el 60% de los votos depositados en las urnas electorales, imponiendo un record que nadie ha podido igualar.
El ejemplo que ofreció el pueblo dominicano, encabezado por los militares constitucionalistas, Rafael Fernández Domínguez, Francisco Caamaño Deñó, Juan Lora Fernández, Manuel Montes Arache, sus compañeros militares y los civiles patriotas y revolucionarios que les siguieron y apoyaron, se proyectó, años después en el Perú, con el general Juan Velasco Alvarado; Omar Torrijos, en Panamá; Juan José Torres, en Bolivia; y ahora, en estos dramáticos momentos que vivimos, en la figura de Hugo Chávez Frías, presidente de la República Bolivariana de Venezuela. Cuarenta y cinco años después de esa Epopeya Incompleta, la suerte está echada, todavía.

