Opinión

CRÓNICA DEL PRESENTE

<P>CRÓNICA DEL PRESENTE</P>

 XXVII

Al momento del ajusticiamiento de Rafael Trujillo Molina en mayo de 1961, el perfil cultural de nuestro pueblo en términos musicales estaba definido y consolidado, al parecer, definitivamente. Como señalábamos, cada común cabecera que existía en ese momento tenía banda municipal de música y en alguna de esas provincias, en las más ricas o las que tenían mayor tradición, como Montecristi, Puerto Plata y Santiago, los municipios de menor importancia tenían esas agrupaciones musicales que a veces no pasaban de quince integrantes, que ejecutaban en los instrumentos de viento que tocaban aires musicales que iban desde las marchas y hermosas piezas escritas por los grandes compositores clásicos del siglo XVIII y XIX, danzas, valses, expresiones folklóricas hispanoamericanas como los danzones cubanos, mexicanos, y marchas estadounidenses y mexicanas también.

Trompetistas, saxofonistas, flautistas, clarinetistas y trombonistas, de calidad excepcional, eran verdaderos maestros de sus instrumentos. Estos músicos, jóvenes, enriquecían las orquestas populares a lo largo y ancho del territorio nacional y allá arriba, muy alto, al margen de las diferentes orquestas de La Voz Dominicana, estaba la Orquesta Sinfónica Nacional, que había fundado la dictadura de Trujillo en agosto de 1941, dirigida por el profesor español Casals Chapí, a instancia del licenciado Rafael Díaz Niese, director general de Bellas Artes, santiaguero, una de las figuras más brillantes del escenario intelectual y cultural dominicano. La Orquesta Sinfónica Nacional para 1952 era una orquesta de primera categoría regional en hispanoamérica y, en esa calidad incuestionable, la expresión de más alto nivel cultural, en el escenario musical del pueblo dominicano.

Después del ajusticiamiento de Trujillo el ordenamiento institucional, cultural, severo, rígido, intransigente, de nuestro país, entró en un proceso paulatino de deterioro que nos ha llevado al desorden monumental en que vivimos que nos conduce, no importa lo que digan otras personas, al naufragio inevitable y tal vez definitivo, de la nación dominicana como expresión real de una sociedad unificada, en el ámbito geográfico en que vivimos, por la lengua, las tradiciones, las costumbres y las características propias de la vida, que nos diferencian, por nuestros orígenes, sino de la totalidad, de la mayoría de las naciones hispanoamericanas. El autor de esta columna no conoce antecedentes en América de una nación que haya recorrido un proceso de disolución tan profundo y extenso como el del pueblo dominicano. No solamente en las palabras que usamos para hablar el idioma español que es el nuestro; a esto se suman los hábitos de vida, la forma de vestir, qué cantamos y qué bailamos, y qué nos enseñan en nuestras escuelas. En nuestra próxima columna de esta serie arribaremos a conclusiones que son necesarias presentar a nuestros lectores.

El Nacional

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