Opinión

CRÓNICA DEL PRESENTE

CRÓNICA DEL PRESENTE

Entre el 20 y 26 de mayo de 1961, en rápidos recorridos por la Región Sur, Trujillo visitó varias provincias, y continuó esta vez sin acompañamientos de funcionarios, lo que era en la realidad histórica su despedida. Hacía  pocos días, en los finales de la segunda semana de mayo, a bordo del yate Angelita, en las primeras horas de una madrugada, Trujillo, visiblemente cansado llegó al comedor de la nave vestido únicamente con calzoncillos de seda; allí encontró a sus amigos Cucho Álvarez y Paino Pichardo y después de saludarlos preguntó qué estaban tomando. Ellos le respondieron que tomaban café y Trujillo dijo: “No sean ustedes pendejos y llamando al valet le ordenó: tráigase tres tragos de ginebra y llévese el café. El valet obedeció y trajo las bebidas pedidas. Trujillo saboreó las ginebras y  manifestó: ¡Los dejo y pronto”!

“Jefe, ¿pero es que usted se siente algo? No, que va, respondió Trujillo. Estoy perfectamente bien, pero yo sé lo que les digo y que no se hable más de eso. Vamos a tomarnos este trago”. (La Era de Trujillo; Narraciones de Don Cucho, páginas 139, 140,153 y 154). No hemos podido encontrar las razones por las cuales un número importante de historiadores, investigadores y ensayistas dominicanos escriben tantas cosas divorciadas de la realidad de los hechos en esta última etapa de la dictadura trujillista. La experiencia y el instinto político felino de Trujillo le permitían saber, como comunicó al presidente Kennedy por terceras personas, que sus días estaban contados y que debía morir aquí donde había nacido y vivido.

El 30 de mayo, en la noche, llegó a Estancia Radhamés y se cambió de ropa, vistiéndose con el uniforme militar de gris, que acostumbraba usar cuando viajaba a San Cristóbal. De su casa, después de las 9 de la noche, visitó a su hija Angelita, cuya residencia estaba en el lugar que ocupa hoy el Teatro Nacional; apenas diez minutos permaneció allí y salió, acompañado sólo de su chofer personal. En la puerta de la casa de Angelita, desde el auto conversó con el jefe de la Policía, coronel Luis Enrique Montes de Oca, brevemente, y el carro tomó la Máximo Gómez, en dirección sur, en ruta hacia el dramático episodio que conmovió los cimientos de la sociedad dominicana.

Rafael Trujillo, político y militar severo, metódico, organizador, asesino selectivo, tenía en su escritorio desde hacia tiempo una lista en la cual figuraban los nombres de la mayoría de los que le esperaban en la avenida que él había construido a lo largo de la costa del Mar Caribe. Trujillo sabía que no tenía exilio ni había lugar en América, en Europa, ni en ninguna otra parte, en el cual un hombre con los matices de su personalidad, megalómano, avasallante, Monarca Sin Corona de la región del Caribe, pudiera descansar en paz. A sangre y fuego gobernó 31 años al pueblo que él conocía profundamente y estaba convencido de que el pueblo dominicano antes o después, sin importar quienes componían socialmente el grupo que lo ajustició y sin importar su papel histórico, de habernos incorporado al siglo XX, le ajusticiaría con las mismas armas y métodos que había utilizado.

El Nacional

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