Para el penúltimo mes de 1954 el autor de esta columna asistió por primera vez a un tribunal para postular. Asistimos al Juzgado de Paz de la Segunda Circunscripción, ubicado en una casa situada en la calle Barahona esquina María Toledo y lo hicimos en representación de la Reparto Villa Juana, C. por A., propietaria de docenas de casas y de cuarterías en ese populoso barrio de esta ciudad que, como hemos señalado en ocasiones anteriores en esta misma columna, lleva el nombre de Juana Batlle, esposa de Buenaventura Peña, alias Benturita, abogado y propietario de cientos de tareas, conocidas con el nombre de Los Potreros de Benturita. Juana Batlle y Buenaventura Peña fue un distinguido matrimonio, progenitor de la familia Peña Batlle, cuya figura más destacada en términos culturales y políticos fue Manuel Arturo Peña Batlle, alias Chilo.
Desde mi llegada a Santo Domingo, a estudiar Derecho, fui protegido de la familia Peña Batlle, cuyos bienes manejaba en parte importante el doctor Luís Morales Peña. Su abuelo Buenaventura era el abogado de nuestro bisabuelo materno, Eduardo Félix Papamandiapolis, conocido en la historia de San Cristóbal como Monsieur Félix. Buenaventura Peña era el padrino de nuestra madre, Clemencia Félix Pérez. Asistimos a esa audiencia en el Juzgado de Paz de la Segunda, presidido por un joven abogado que se llamaba Emilio Pérez Luna, alias Cascarita, que había sido criado por la familia Caamaño Deñó, matrimonio que integraban Enerolisa Deñó Chapman, alias Nonín y Fausto Caamaño Medina, progenitores del Prócer de la República, Francisco Alberto Caamaño Deñó.
Nuestra comparecencia a esa audiencia fue en nuestra vida, como novato al fin, más un suplicio que otra cosa. Cuando dimos lectura a las conclusiones del acto de emplazamiento de una demanda por alquileres vencidos subieron al estrado, en representación de la parte demandada, dos hombres de baja estatura, de piel oscura, que solicitaron al juez una comunicación de documentos y como nadie nos había indicado, aparte de dar lectura a las conclusiones del acto de demanda, quedamos atrapados en un callejón sin salida, porque estos dos impetrantes eran los hermanos Simonó, una pequeña pandilla de pica pleitos, integrada por un abogado y dos asistentes, que nos pusieron a sudar en frio, porque no sabíamos qué responder.
Cascarita dirigió la audiencia con una sonrisa socarrona y con la cabeza, moviéndola de izquierda a derecha, nos quería decir que no nos opusiéramos, lo que al fin hicimos y se cerró nuestra primera experiencia como principiante de la carrera de Derecho, que ahora en el recién pasado 28 de octubre cumplimos cincuenta y dos años de graduados, habiendo ejercido más de cincuenta, aunque muchas y muchos de los ignorantes, difamadores y calumniadores, del llamado periodismo de investigación lo desconocían.

