Decíamos en nuestra columna anterior que al iniciarse la celebración del Mes de la Patria era necesario, en los momentos actuales, hacer un breve recorrido por las etapas más importantes, desde el nacimiento de la República, en las que ha vivido el pueblo dominicano, que es el dueño, como actor solitario de su historia, de un expediente extraordinario de sincretismo, valor, dignidad y perseverancia, que ha servido de ejemplo a otros pueblos de América y podríamos decir sin que sea una expresión de chauvinismo, que también de otros pueblos del mundo. Hemos hablado de cómo la naturaleza, al criterio de muchos, guiada por la manos de Dios prodigó no solamente las más fértiles extensiones de terreno del Caribe y de Centroamérica, sino también la extraordinaria red hidrográfica que al parecer a la llegada de Cristóbal Colon la componían más de dos mil fuentes fluviales, ríos, arroyos y manantiales. No existe en la región un país con las características de riqueza natural como la República Dominicana.
Es necesario decirlo, repetirlo y volver a decirlo, porque tal vez parezca una majadería y es la forma, al criterio del autor de esta columna, de llamar la atención a nuestro pueblo, a los empresarios urbanos, industriales, comerciantes, productores agrícolas, profesionales, universitarios y toda la inmensa legión de mujeres y hombres que están dedicados a las actividades productivas, que nuestro país tiene la capacidad de vivir en el mañana y en el futuro inmediato muchos años de prosperidad y bonanza económica, si nos dedicamos a trabajar con firmeza, seriedad y buen juicio; es la única forma de mantener el equilibrio y el bienestar general de cualquier sociedad del mundo. Pero es necesario organizarnos para poder planificar, con cuidado, lo que vamos hacer.
Estoy convencido hace muchos años, por las cosas que decía y que oía en boca de mi padre, que ingresó, en 1924, antes de cumplir los 16 años de edad, apenas alfabetizado, a la Policía Nacional Dominicana, que era el nombre de la institución creada por el Gobierno Militar Interventor de los Estados Unidos; ese aspecto de la historia familiar todavía no la hemos relatado en toda su extensión, si la vida nos lo permite lo haremos más adelante. En 1930, con apenas 21 años de edad, al asumir Rafael Trujillo Molina la jefatura política de la República, nuestro padre fue ascendido a segundo teniente y enviado a los Estado Unidos a prepararse para ser instructor del Ejército dominicano. Un joven labriego de Constanza, nacido en el paraje de El Higo, sección Palero de esa comunidad, era en 1934, antes de nacer el autor de esta columna, 1er. Teniente, Instructor del Ejército Nacional.
Estamos dando las referencias anteriores para los que nos distinguen y honran leyendo esta columna, tanto dentro como fuera del país, queden convencidos de que contrario a lo que se ha convertido en una costumbre permanente, en términos intelectuales en nuestro país, nosotros ni inventamos, ni mentimos, ni afirmamos cosas que no se correspondan con la verdad absoluta.

