Opinión

CRÓNICA DEL PRESENTE

CRÓNICA DEL PRESENTE

Dijimos en nuestra columna anterior que las ceremonias y los actos, civiles y militares para celebrar el Centenario de la Proclamación de la República, en febrero de 1944, son realmente planificados y ejecutados dentro de una disciplina, precisión y eficiencia absoluta. Han transcurrido 66 años y no hemos visto jamás realizarse en nuestro país actividades de tanto esplendor y estoy convencido que los fundadores de la República realmente, siempre, se merecen reconocimientos de esa naturaleza. Al terminar las ceremonias, nuestro padre, por castigo, fue trasladado de la ciudad capital a Loma de Cabrera, municipio fronterizo de la provincia Libertador, hoy Dajabón, comunidad rural que tenía como base de producción agrícola el maní.

Cuando nuestro padre se trasladó a Loma de Cabrera, nuestros hermanos mayores, Cesar, Merceditas y Martha, volvieron a los colegios de La Vega: Juan Pablo Duarte e Inmaculada Concepción. A Loma de Cabrera fuimos mi madre, nuestra tía Carmen María Félix, acabada de graduar de maestra de Educación Física, que no quería dejar a su hermana sola en aquel remoto lugar.  Lloramos mucho, no solamente porque abandonábamos la ciudad capital y el escenario físico en el que habíamos nacido y vivido una parte importante de la vida, sino porque el traslado nos obligaba a dejar las clases de música que recibíamos en el Conservatorio Nacional, a la cual asistíamos todos los días en hora de la tarde, acompañados de un soldado, que era en realidad un guardián para controlar las manifestaciones agresivas de nuestro temperamento, por el cual éramos conocido, no solamente en Gazcue, el verdadero Gazcue, sino también en la parte de San Carlos y arriba en la frontera con Villa Francisca, en el llamado play  de “La Cuchara”, que es hoy el parque ubicado en la manzana formada por la avenida 27 de febrero y las calles Luís Manuel Cáceres (Tunti), Sánchez Valverde y Juan Pablo Pina.

Las travesuras que hacíamos dieron lugar a que en una ocasión muchachos de más edad que el autor de esta columna, en el parque Ramfis, hoy Eugenio María de Hostos, nos tiraran en la piscina con los patines puestos; los guardianes del parque nos sacaron del agua, aunque no pasamos peligro de ahogarnos porque la piscina, en su parte baja, nos mantenía afuera la cabeza. Por esa y otras razones entre las cuales estaban los pleitos en el cine de Los Salesianos, en San Juan Bosco, nuestro padre ordenó que nos acompañara siempre un soldado. Dos fueron escogidos para esa aterradora y preocupante misión, a quienes recuerdo con tanto cariño, jóvenes con apenas de 18 años: Leandro Lépido Losada Gullón, liniero, nacido en Guayubín, que había aprendido a tocar trompeta en los inicios de su adolescencia, abogado años después y padre de una distinguida familia de profesionales universitarios, y el otro, Rafael Beato Muñoz, que ascendió después a mayor del Ejército Nacional.

El Nacional

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