Opinión

Cualquier tiempo pasado…

Cualquier tiempo pasado…

Diciembre ha vuelto puntual, acompañado de sus cielos diáfanos y brisas frescas. Estos que corren que suelen ser días de celebraciones y fiestas, de tráfico demente en las calles, de brindis y regalos, de evocación al niño que hace dos milenios nació en un pesebre de Belén. Pero a apenas horas de la conmemoración de la Navidad, la verdad es que no se ha percibido ese espíritu embriagador que acostumbra a hacer diferente esta temporada.

La gente no expresa alegría, y tan descorazonada está por la crisis económica que la abate, que no se ven adornos alegóricos, ni arbolitos de luces, ni guirnaldas de papel crespón. Tal vez sea el solito lamento de los años idos que me obligue a mirar atrás y comparar estos días de diciembre con los de antes. ¿Nostalgia acaso? No hace falta que me siente frente al espejo para darme cuenta que me han caído encima algunos años de más.

Pero no se trata de eso, pues me cosuelo diciéndome a mí mismo que la edad no es la que tengo, sino la que siento, y a pesar del mucho tiempo que se ha desprendido del calendario desde que era niño, de todas las vicisitudes sufridas en mi tránsito por esta vida tan competida, debo confesar que me siento bien. Descartada la nostalgia, me permito recordar que cuando andaba montado sobre patines por las viejas calles de Gascue, no dejaba de ir a una pequeña iglesia bautista situada en la acera norte de la avenida Independencia, de cuyo jardín cortaba la hierba que a cambio de juguetes les ofrecía a los magos de oriente para sus camellos.

Mi padre, que dependía entonces de sus cátedras universitarias, hacía de tripas corazón para complacer mis antojos de aquellas lejanas noches de enero. Nunca dejé de despertar sin juguetes que alegraran mi inocencia, y oportuna es la ocasión para que él sepa lo feliz que me hizo y lo mucho que lo quiero, y aquí le prometo que me empeñaré en ser con mis hijas Rebeca y Amanda tan abnegado y cariñoso como lo ha sido él conmigo y con Jottincito.

Jorge Manrique, poeta y guerrero español, siglos antes de yo nacer escribía “…recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando cómo se pasa la vida, como se viene la muerte, tan callando, cómo el placer después de acordado da dolor, cómo a nuestro parecer cualquier tiempo pasado fue mejor”. ¿Es así? No lo creo, pues a mi modo de ver estas Pascuas nos presentan sus reiteradas escenas de pobres que nada tienen y de ricos que lo tienen todo, y para unos y para otros cualquier tiempo pasado pudo haber sido mejor o peor.

Es comprensible que así sea, porque el discurrir de la vida no cambia la crudeza de esta existencia desigual, que se opone misteriosamente a que todos seamos iguales. Sea como fuere, y sin descartar que sean solo cosas mías, este contraste social sensiblemente agravado en los días que discurren, es lo que parece haber acentuado la tristeza de quienes  han sido condenados por los caprichosos vaivenes del destino a vivir resignados y recibir sin esperanza el advenimiento del Jesús, nacido para predicar amor en un mundo egoísta que aún no ha aprendido a querer al prójimo como a sí mismo.

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación