Pasado mañana se cumplirán 200 años del nacimiento de Juan Pablo Duarte. Es para celebrar. Todos los dominicanos debemos festejar con orgullo que dos centurias atrás naciera un ser humano de tan alto sentido de la dignidad, humanismo y altruismo, y que gracias a su esfuerzo, principalmente, hoy existe la nacionalidad dominicana.
Todos los que hacemos opinión pública, sin distinción, nos referimos a Duarte reconociéndolo como hombre de bien, y como la gran figura de la Independencia. Olvidamos, sin embargo, que él fue en esencia un político que buscó, afanosamente, alcanzar el poder y desde allí resolver los principales problemas de la población, en especial los de los más pobres.
Poco a poco, la gran mayoría de los que nos han gobernado, y sus ideólogos pagados, nos han presentado a un Duarte adocenado, débil de carácter, que no le interesaba dirigir el gobierno del naciente país.
Es menester rescatarlo, liberarlo de esas ataduras ideológicas en que lo han sumido y darlo a conocer a las nuevas generaciones como lo que fue: un individuo honesto, protector de los más desvalidos y dispuesto a todo con tal de construir la nación dominicana y que al mismo tiempo ésta se estableciese sobre la base humanista de proteger a los más débiles.
Duarte no estuvo ideológicamente muy distante de Martí, Bolívar, Artigas, San Martín y otros libertadores de América; de ahí la frase de su ideario que más Juan Bosch uso fue: La política no es una especulación: es una ciencia. La más pura y la más digna, después de la filosofía, de ocupar las inteligencia nobles. A propósito de Bosch les recuerdo que mañana, 25 de enero a las 7 de la noche en el Colegio Médico Dominicano ponemos en circulación nuestro libro Ni santo ni mesías: solo Juan Bosch.
Aprovechemos estas celebraciones del bicentenario de su nacimiento para darlo a conocer sin cortapisa a las nuevas generaciones, cosa que sí se hará Cuando sea presidente.

