El domingo pasado, con poco animo e ínfulas de abuelo a destiempo, me dediqué a jugar con mi hijo, me entregué al ocio. Sin mucho interés, y cuando hubo una pausa de una lucha sin cuartel con almohadas, entré a la Red, buscando el contenido de una película que vi la noche anterior con Matt Dillon.
Él me hizo llegar, por refilón, a Francis Ford Coppola, quien lo dirigió en dos oportunidades, y a Gene Hackman, con el que había coincidido en papeles, y gracias a estos últimos dos terminé indagando sobre una película que me obsesiona: La Conversación, un grito desgarrador contra la soledad, y de ella la frase reiterativa de la joven investigada: Cuando veo a uno de esos pobres viejos, siempre pienso lo mismo: pienso que una vez fue un niño pequeño, que tendría un padre y una madre que le querrían mucho. Y ahora, mírale derrumbado en un banco callejero. ¿Dónde está ahora su madre, su familia?
Seguí mi domingo dejando ir las preocupaciones por un país que aún no sale de su asombro con las pocas cosas destapadas, como si quisiéramos reeditar aquello de Dos y dos son cuatro/ cuatro y dos son seis/ seis y dos son ocho/ y ocho dieciséis/ brinca la tablita/ ya yo la brinqué/ bríncala tu ahora/ que yo me cansé.
Estos desvaríos vienen a cuento, porque no le encuentro otra manera de revisar lo que soy como parte de este mundo al recordar al borde de qué precipicio me encuentro, gracias al sinsentido del liderazgo mundial que 11 años después de lo de las Torres Gemelas no hemos avanzado nada en la búsqueda de la paz.
La suerte es que la fecha me permite recordar las fundaciones del Club Mauricio Báez y El Nacional, los 21 de mi sobrina Issvel Alfonsina y el sacrificio de Allende. Terminé con la disputa sobre quien es mejor entre Max Steel de mi hijo o El hombre de las luces que apadrina el que escribe cuando sea presidente.

