Cada loco con su tema. La resaltada rareza de un caso o un acto personal, además de resultarnos incomprensible, nos sugería la penosa pérdida de un burro de carga de casa. Pero era en la recreación de situaciones exageradas y absurdas cuando las figuras y comparaciones zoológicas de este loco cobraban una mayor entonación folklórica, como ésta de que cuando un burro mea, mean todos. ¿Cómo iba uno a saber que Ricardo estaba criticando la falta de iniciativa y originalidad de mucha gente? O resaltaba las marrullerías de unos cuantos con eso de que culebra no se amarra en lazo. No tengo que decir hacia dónde saltaba nuestra fértil imaginación. Grave y gestual, bajaba su resonante voz para contarnos el secreto de que ese Pichurilo es un enclenque de la porra que no saca una gata a mear.
Para dar por cerrado cualquier desenfado con frecuencia interrumpía sus amenazas y narraciones, sacudiéndose las manos con el infaltable ¡y muerto ese abejón!, que nos despabilaba y desparpajaba en un se rompió la taza, cada uno pasu casa. Cual artista atrapado en su fama, Ricardo también se hacía de rogar, y sabíamos cómo retenerlo. Le pedíamos jugar a la cotorrita, a pedir cacao, o al ni de ahí, ni de ahí ni de aquí, ¡sólo de aquí! Mete un dedo ahí, que la cotorrita no esta aquí. Gozaba tanto o más que nosotros. Como un niño, y lo era en el sentido más alegre y puro, jugaba a atraparnos, para hacernos cosquillas, y nos soltaba sólo pidiendo cacao, o si mojábamos el pantalón, rendidos todos de la risa. ¡Tingola! Muchas veces fingíamos ser sorprendidos, para disfrutar el juego, así como sus boberías y de los jalaos de coco que solía repartir o rifar entre nosotros. ¡Qué lástima que a estos que damos por locos no les hagamos caso cuando hablan de las tonterías de los que nos creemos cuerdos! ¡Cuántas verdades desperdiciadas!

