La dinámica de la vida diaria, los distintos problemas que debe enfrentar la generalidad de los dominicanos y dominicanas para darle solución a sus problemas en el orden material y espiritual, y los diferentes fenómenos que se dan en el seno de la sociedad, impiden que muchas personas se den cuenta del alto grado de inseguridad personal que existe hoy en nuestro país como fruto del deterioro social expresado, entre otros factores, por la delincuencia en sus diferentes vertientes y las ambiciones desmedidas que anidan grupos económicos, políticos y sociales.
La criminalidad se ha desarrollado en forma tan variada que a los organismos investigativos les resulta difícil, con motivo de determinados hechos delictivos, saber dónde tiene su origen el acto criminal, los grupos humanos que han intervenido en el mismo y las causas que lo motivaron. Es posible que aquel que aprieta el gatillo no tenga nada personal, ninguna predisposición contra la víctima y que su participación sea, pura y simplemente, un trabajo por encargo de quien tenga un interés directo en la actuación criminal.
El victimario llega a saber quién ha sido su víctima cuando ella reposa en el cementerio y la identifica solamente por el nombre que figura en la lápida que se coloca en su tumba. En un hecho de sangre los investigadores no pueden descartar ningún elemento que pueda servir como punto de orientación y referencia. Lo que hace unos años resultaba imposible estar presente en un crimen hoy no se puede descartar porque puede ser la pieza clave del mismo.
La seguridad personal de los dominicanos y dominicanas es tan frágil que grupos desaprensivos tienen a su disposición agentes activos de la Policía Nacional que llevan a cabo operativos reservados exclusivamente al cuerpo policial como institución encargada de velar por la vida de los ciudadanos y ciudadanas.
No queremos alarmar a nadie pero lo que decimos es la expresión de la verdad y la situación de inseguridad personal se torna tenebrosa y obliga a tomar medidas extremas de seguridad porque es posible que el peor delincuente tenga a su disposición matones que, amparados en sus uniformes y armas, están dispuestos por dinero eliminar físicamente a cualquier hombre o mujer de bien.
La realidad dominicana de hoy nos dice que aquí no hay más seguridad que la que cada quien se pueda dar conforme sus posibilidades y destreza.
Hay una situación desigual entre el que tiene a su disposición un equipo armado y aquel que se mueve tranquilamente confiando solamente en la seguridad que puede brindarle un organismo de protección pública el cual muchas veces está bajo control de personas que no merecen ninguna confiabilidad porque están al servicio de violadores de la ley.
No hay dudas de que la inseguridad constituye uno de los grandes problemas que enfrenta hoy la sociedad dominicana y no se limita a las personas, sino también a los bienes. La debilidad institucional hace posible que la delincuencia de diferente naturaleza ejerza influencia determinante en las distintas actividades de los dominicanos y dominicanas.
En verdad, se impone un amplio movimiento de opinión pública con la finalidad de poner en evidencia a los que están haciendo de las acciones delincuenciales una forma normal de vida. Los bandoleros cuentan con recursos de toda índole que van desde lo económico hasta el político, pasando por la impunidad que les garantiza sus vinculaciones con sectores del servicio judicial.

