NUEVA YORK. Franklin Gutiérrez recibe una llamada en su teléfono celular, pequeño, gastado por el uso , sin teclado, sin pantalla touch, ni Internet. Mucha gente se sorprende al ver la sencillez de este aparato, divorciado de las modernidades complejas y hacendosas de toda la conectividad full de estos tiempos.
Él decidió vivir con los indicadores más sencillos de la vida. Si tiene Internet en su casa y en la oficina, ¿para qué más? Y se pregunta si los teléfonos no debían servir para contestar y recibir llamadas. Eso es lo que hace el suyo.
es un dominicano que vino a esta ciudad de vacaciones de un mes hace 38 años. Para entonces, la residencia se conseguía en dos meses, tras hacer una fila de madrugada en Santo Domingo.
Decidió quedarse y no por razones económicas. Era este Franklin un aceptador de retos. Gustaba de la literatura y vio en esa coyuntura una oportunidad para estudiar lo que le apasionaba: la labor escritural de República Dominicana.
Hoy día es doctor en literatura latinoamericana, es profesor a tiempo completo de la Universidad de Nueva York (la universidad pública del Estado) y ofrece clases en uno de sus 23 campus, además de ofrecer talleres especializados.
Le tocó el nada sencillo papel de crear el Comisionado de Cultura en Estados Unidos, puesto que no tenía precedentes en lo que era hasta entonces la Secretaria de Estado de Cultura y supo también navegar en este aparato cultural del Estado, sin pertenecer a partido político alguno y teniendo la promoción y validación de la cultura local como prioridad. No fue fácil pero lo hizo, encaminó proyectos como la Feria del Libro Dominicana, que anoche se inició en su Quinta versión, precisamente dedicada a él y a los escritores dominicanos en Puerto Rico.
Gutiérrez es el autor del Diccionario de la Literatura Dominicana, con cuya publicación se ganó muchas inconformidades debido a que muchos autores entienden que deben estar en esa publicación, confundiéndola con un diccionario de autores y autoras.
Gutiérrez entendió que se debía dar paso a otros gestores culturales en el Comisionado y ahora es el objeto del reconocimiento justo al dedicársele esta Quinta Feria. Uno de esos gestos de desprendimiento del poder que poca gente se atreve a protagonizar.
Franklin y un servidor nos conocimos por los años 80, cuando éramos estudiantes. Él ensayaba teatro en la escuela Colombia del ensanche Luperón, y desde entonces se forjó una amistad verdadera y una relación que nada tiene que ver con los caprichos del tiempo ni los vericuetos complejos e incomprensibles que acarrea el poder.
