Da Vinci El más completo



H ace nada más y nada menos que 564 años, el 15 de abril de 1452, que nacía el genio de Leonardo di ser Piero da Vinci.

Ícono de las ciencias, el polímata y multifacético intelectual renacentista de Florencia no sólo marcó un antes y un después en la historia de la cultura Occidental, sino que también proyectó un camino solo de ida hacia la sabiduría.

En este sentido, hemos visto múltiples aspectos de su iluminada, supercompleja y hasta mítica existencia (ver artículos sugeridos en el cierre de este artículo), pero en esta ocasión nos centraremos en uno de los tantos campos sobre los que el gigante de la colorida y aún majestuosa Vinci supo volcar su genialidad: la pintura.

Considerado el paradigma del homo universalis, del sabio renacentista versado en todos los ámbitos del conocimiento humano, Da Vinci incursionó en campos tan variados como la aerodinámica, la hidráulica, la anatomía, la botánica, la pintura, la escultura y la arquitectura, entre otros.

Sus investigaciones científicas fueron, en gran medida, olvidadas y minusvaloradas por sus contemporáneos; su producción pictórica, en cambio, fue de inmediato reconocida como la de un maestro capaz de materializar el ideal de belleza en obras de turbadora sugestión y delicada poesía.
El gran respeto que le dispensó Francisco I hizo que Leonardo pasó la última etapa de su vida más bien como un miembro de la nobleza que como empleado de la casa real.

Fatigado y concentrado en la redacción de sus últimas páginas para el nunca concluido Tratado de la pintura, cultivó más la teoría que la práctica, aunque todavía ejecutó extraordinarios dibujos sobre temas bíblicos y apocalípticos.

Alcanzó a completar el ambiguo San Juan Bautista, un andrógino duende que desborda gracia, sensualidad y misterio; de hecho, sus discípulos lo imitarían poco después convirtiéndolo en un pagano Baco, que puede verse en el Louvre de París.
A partir de 1517 su salud, hasta entonces inquebrantable, comenzó a desmejorar.

Su brazo derecho quedó paralizado; pero, con su incansable mano izquierda, Leonardo aún hizo bocetos de proyectos urbanísticos, de drenajes de ríos y hasta decorados para las fiestas palaciegas.

Convertida en una especie de museo, su casa de Amboise estaba repleta de los papeles y apuntes que contenían las ideas de este hombre excepcional, muchas de las cuales deberían esperar siglos para demostrar su factibilidad y aun su necesidad; llegó incluso, en esta época, a concebir la idea de hacer casas prefabricadas.

Sólo por las tres telas que eligió para que lo acompañasen en su última etapa (San Juan Bautista, La Gioconda y Santa Ana, la Virgen y el Niño) puede decirse que Leonardo poseía entonces uno de los grandes tesoros de su tiempo. El 2 de mayo de 1519 murió en Cloux; su testamento legaba a Melzi todos sus libros, manuscritos y dibujos, que el discípulo se encargó de retornar a Italia.