Opinión

DE SALUD Y OTRAS COSAS

DE SALUD Y OTRAS COSAS

Ha muerto un gran psiquiatra

José Ramón Báez Acosta nació en San Pedro de Macorís en los años 30.

Sus estudios elementales los realizó en Azua.

Médico egresado de la Universidad de Santo Domingo.

Laborioso desde joven; enérgico e hiperactivo como él mismo se calificaba.

Un día me dijo: «Mi pupilo, yo soy un hombre hiperrítmico».

Verle bailar en el Club de Arroyo Hondo, del que fue miembro meritísimo, constituía un verdadero acontecimiento.

Vegetariano, nada de tragos; se retiraba a la cama temprano. Madrugador discipilinado. Coronel de los bomberos y miembro de varias instituciones benéficas.

Ejerció por años la medicina general y tempranamente estableció relaciones con el profesor Juan Bosch, haciendo carrera política en el PRD.

La revolución de abril de 1965 lo colocó en el hospital Padre Billini como parte del comando que agrupaba a los médicos.

En 1966 es electo síndico de Santo Domingo. Como recordarán el PRD ganó en la capital y Balaguer en el resto del país.

Solo recuerdo dos personas que después de ser exitosos médicos generales (ya con hijos y con más de 35 años), quemaron las naves y se fueron a  España a especializarse: el insigne doctor Hazoury y Báez Acosta. Este ultimo se sentó en el pupitre del maestro López Ibor para «hacerse psiquiatra».

El catedrático y sus condiscípulos le llamaban en Madrid «El Alcalde».

Luego pasó unos meses en Francia perfeccionándose.

A su regreso al país, se convirtió en un fenómeno de la radio, la televisión y la consulta popular. Guillén, Zaglul, Maximito y Báez eran toda la psiquiatría.

Sus servicios profesionales se extendieron físicamente a Baní y a San Francisco de Macorís. Fundó un centro privado con internamiento en el corazón de la ciudad.

En 1973 creo a Medifarma, empresa que abarató de forma significativa los psico-fármacos y estableció nuevas metodologías mercadológicas en el marco de Infadomi (productores criollos de fármacos).

Decenas de psiquiatras fueron enviados a España a la clínica del profesor Coullaunt con ayudas económicas que él mismo otorgaba.

Colaboró con la organización de los Congresos de Psiquiatría becando a los más pobres y hasta hoy día, muchos jóvenes psiquiatras recibían ayudas directas del doctor Báez Acosta.

Vio paciente hasta hace pocos días.

 En los últimos siete años se entregó a la Iglesia Evangélica Pentecostal.

Conversé con él la semana pasada.

Ya le había criticado dos cosas esenciales: que debió alejarse de los medios de comunicación a descansar y que sus investigaciones en el campo de virus  mortales no tenían la base tecnológica que le permitiera, en esta etapa, llegar a la cura de ciertas enfermedades. Ambas actividades las hacía de la mejor intención, pues hace mucho que su economía personal (obtenida con  mucho sudor), era sólida.

Nunca, como ocurre con los grandes líderes, fue bien comprendido.

Conoció la ingratitud de los que ayudó a sangre viva y en carne propia.

Dejó hijos y hermanos. De la última generación procreó con doña  Ivón, tres chicos prometedores.

Báez Acosta fue un hombre bueno, de bibliografía escasa, esto demuestra que lo que sólo se habla va al viento, en el sentido de Calderón de la Barca.

Ha muerto un gigante de la psiquiatría, sólo la posteridad sabrá colocarlo en los anales de la especialidad, pero su hoja de servicio social es trascendente.

Descanse en paz, distinguido colega y mejor amigo.

El Nacional

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