Un Presidente de carne y huesos, que baile en las calles, que ría y que cante, cuya grandeza esté en el amor por su pueblo. Que busque la ocasión de involucrarse y estar presente donde lo llame la necesidad de cada dominicano. Eso quiere y necesita la gente, un tipo de relación cercana y amigable gobierno-ciudadano.
Que se entienda y comporte semejante al prójimo, a los demás. Acuda donde el consuelo y la solidaridad se hagan imprescindibles, y constituyan un recurso auxiliar de salvación ante la amenaza del dolor y la calamidad.
Atenciones manifestadas, sin reservas, en la palabra oportuna, la presencia protectora y el cálido abrazo. Expresión inobjetable de piedad y compasión donde encuentras al real ser humano.
Por tanto, el poder de un mandatario de verdad no estriba en el silencio cómplice, ni en un místico proceder donde apenas se ocultan deleznables actos de corrupción, como ocurrió en el pasado reciente que acabamos de sufrir y superar, ¡gracias a Dios!
La transparencia es el valladar de una administración pulcra, sin nada que ocultar. De ahí la declaración oportuna, y recurrente de ser necesaria, cuando la ocasión lo requiera. La sinceridad, en tanto tozuda verdad, no se refugia en el silencio, sino más bien en la respuesta y solución a tiempo frente a los problemas.
Una familia que pierde una niña a mano de un asesino desalmado, presos amotinados en protesta por el asintiendo a que son sometidos, una comunidad sin agua pitable, la falta de camas y medicamentos en un hospital sí son asuntos de Estado que ameritan la atención y presencia del presidente Abinader. Que de estar cerca, nunca distante, se trata cuando se está al frente del poder.
Por: Eduardo Álvarez
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