Miguel Vargas está sumido en un declive político que debe ser angustiante para su temperamento egocéntrico. Y es que Hipólito Mejía, político habilidoso y carismático a quien se le tenía como alma en pena, atribuyéndosele apenas un 2% de la intención del voto perredeísta, se ha colocado delante con un 43%.
En efecto, la encuestadora Gallup reveló que Miguel ha sufrido en los últimos siete meses un reflujo de 31 puntos, desvaneciéndose su aureola presidencial. Los múltiples errores por él cometidos evidencian que se deja guiar por sus impulsos, y peor aún, que carece de mesura y tacto. Se encaprichó con cerrarles el paso a Tony Peña Guaba y a Guido Gómez, y más caro no ha podido pagar su desliz. Una posición neutral le hubiese economizado dos adversarios, que ahora no desaprovechan oportunidad para llevárselo de encuentro.
Su siguiente desacierto estratégico fue conformar la boleta del PRD con candidatos fieles a él, muchos de los cuales no eran populares en sus comunidades. De eso modo, además de radicalizar la lucha de tendencias, se endosó una resonante derrota que malogró sus expectativas cifradas en el eslogan de avanzar en el 10 para ganar en el 12. Pero el desastroso resultado de mayo está asociado también con su desinterés de traducir el desempleo, la crisis eléctrica y otras causas de inconformidad colectiva imputables a esta administración, en preferencia para el PRD.
El presidente panameño Ricardo Martinelli demostró que en poco tiempo se puede saltar del 5.03% al 60.5% de las simpatías electorales, y Sebastián Piñera dejó claro, con su victoria en Chile, que las adhesiones políticas no son inalterables. Los que vaticinaban que era imposible que Hipólito superara a Miguel, cogieron el rábano por las hojas, y no falta mucho para que se ponga de manifiesto que los que se resisten a barajar el nombre del ex mandatario entre los presidenciables del 2012, están igualmente equivocados.

