Vladimir, el hombre y el pelotero
“Hombre bueno y sin malicia” es una expresión de la que pocas personas son acreedoras en la sociedad actual dominada por el afán de lucro y el deseo de obtener ventajas a toda costa sin importar el daño que pudieran causar.
La frase me llega a la mente en ocasión del inminente anuncio que en pocas horas será público acerca de la elección del dominicano Vladimir Guerrero al Salón de la Fama del Béisbol, por los méritos estadísticos acumulados durante una carrera de 16 años en las Grandes Ligas, junto a una limpia hoja de vida en la que más que claridad sobresalió la candidez.
Y es que Guerrero, a quien el fraterno Bienvenido Rojas bautizó en su época de jugador activo como “La Tormenta de Don Gregorio”, ha sido, fue y sigue siendo literalmente eso -un pelotero- bueno y sin malicia.
Vladimir fue durante 16 años un temible bateador por su producción consistente y poderosa que logró esos números sin aprovecharse de cuentas ventajosas y ofertas predecibles. Por el contrario, prácticamente regaló a los lanzadores rivales el margen de tratar de dominarlo sin éxito con disparos fuera de la zona de strike.
En su camino a Cooperstown, Guerrero sigue el rastro de dos luminarias del montículo como Juan Marichal y Pedro Martínez, quienes labraron su éxito con la malicia admitida, tolerada, aplaudida y necesaria para engañar a los bateadores contrarios recurriendo a su vasto repertorio, unido a la capacidad para intimidar con lanzamientos cercanos al cuerpo como si se tratara de fieras marcando territorio.
La característica principal de Guerrero durante su paso por el Gran Pasatiempo fue su costumbre arraigada de hacer swing y lograr contacto con todos los lanzamientos del pitcher, sin importar la ubicación de los mismos, ya fueran por el mismo centro del pentágono o en la tierra y muchas pulgadas antes de alcanzar el objetivo.
Él será igualmente recordado por la fortaleza de su brazo, la velocidad de sus piernas, sus largos batazos, así como también por su timidez para conceder entrevistas, dejando en cambio que su performance diaria se convirtiera en su idioma particular.
Tampoco podrá hablarse con propiedad acerca de la carrera de Vladimir si se omite el sabor y condimento de la comida criolla preparada por su madre durante los juegos en la casa y de la que opíparamente disfrutaron compañeros y rivales durante todos esos años.
A seis años de su retiro, Guerrero disfruta de una vida en reclusión, alejado de la civilización y las necesidades de satisfacción que el modernismo exige.
Rodeado de los suyos, no echa de menos los aplausos ni las multitudes y más bien, parece gozar liberado del tumulto y la fama.
El hombre vive como el pelotero que fue -rodeado de bonanzas y libre de maldades.

