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Desaire

Desaire

Pedro P. Yermenos Forastieri

La juventud del pueblo quedó impactada con su llegada. El papá militar había sido colocado en retiro y decidió mudar su familia cerca de la finca adquirida para la actividad a que pensaba dedicarse.

 Desde la capital, alquiló casa y las inscribió en el colegio de las Hermanas de la Caridad del Cardenal Sancha, lugar donde estudiaban “los riquitos” de la ciudad. Por eso, al arribar a aquel pequeño conglomerado a inicios de los ochenta, solo fue instalarse y a pocos días empezar las clases.

 Eran tres adolescentes hermosas, a la belleza natural de la corta edad, adicionaban un carisma extraordinario que, literalmente, enloqueció los chicos que la conocieron. Pero nada como al vecino de la vivienda contigua.

 Lo de este joven podía diagnosticarse como obsesión perfecta. Aprendió los bailes de moda; pidió a un amigo que se ejercitaba con el método de Charles Atlas, que le ayudara a mejorar su físico; colocaba en el tocadiscos bolero romántico y subía el volumen para que llegara hasta los oídos de la causa de su tormenta insaciable.

 Era la segunda de las tres. Le parecía arrebatadoramente sensual. De larga y ensortijada cabellera negra; cuerpo voluptuoso; labios carnosos y fascinante capacidad seductora, cualidades que, a nuestro tímido pretendiente, lo desbordaban.

Frustración de enamorado

No encontraba la manera de comunicarle que soñaba con ella; que estaba dispuesto a hacer lo necesario para hacerla feliz y acompañarla hasta el último aliento de uno de ellos. Un detalle le impedía lanzarse a la conquista de la gloria que significaba ser el dueño del corazón que habitaba en el pecho de su amada: Era más pequeño que ella.

 Recibió invitación para baile de 15 años de una amiga. Sin pensarlo, preguntó si su Dulcinea asistiría. Ante respuesta afirmativa, decidió: Esa, sería la ocasión para confesarle su amor. Mandó a hacer un pantalón “campana”, con la parte final de las piernas sumamente ancha y, lo más insólito, al zapatacón de tres colores le puso suela extra para agrandar su estatura.

 Dejó pasar el primer merengue. Apuró sin respirar varios tragos de ron. Provisto del valor anhelado, se dirigió a la mesa donde estaba el objeto de su deseo. Sintió como fuego su mirada penetrante al tiempo que se paraba. Se despojó de su vaso y fue al encuentro de quien más tarde sería el padre de sus hijos. Su vecino agradeció que en pocos meses se mudaría a Santo Domingo.

Por: Pedro P. Yermenos Forastieri (ppyermenos@gmail.com)

El Nacional

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