En su pastoral Desde la proximidad de nuestra gente con motivo del Día de la Independencia, la Conferencia del Episcopado Dominicano ha tocado el desprecio por la vida como uno de los signos más alarmantes y conmovedores que perturban a la población. La verdad es que desde hace tiempo es motivo de reflexión la facilidad con que, por cualquier nimiedad, la gente es privada o se juega la existencia.
Como parte de la descomposición social que acompaña el desdén por la vida hay que tomar en cuenta la alarmante participación de menores en crímenes y delitos que, por sus características, han estremecido a la población. Sin ir más lejos, un jovencito de apenas 13 años de edad acaba de ser detenido en San Cristóbal por su supuesta vinculación con el narcotráfico.
La vida, como dicen los obispos en su pastoral, ha perdido su grandeza e inviolabilidad sin que las autoridades hayan encontrado una respuesta eficaz para al menos contener la violencia que ha sumido a la población en un estado de pánico e incertidumbre. Con tal de ejecutar un robo o un atraco se quita la vida a un anciano, una profesora o a cualquier víctima propicia.
De la carta se desprende el diagnóstico de que la sociedad en sí se ha tornado violenta, pues ciertamente son muchas las personas que mueren por ajustes de cuentas, conflictos pasionales, a causa de la drogadicción, imprudencias de tránsito, suicidios y por una amplia gama de motivos.
Sin que nadie quiera llamarse a engaño, la drogadicción, la falta de oportunidades y la permisividad figuran entre los muchos factores que han contribuido a la conformación del dantesco cuadro descrito por los obispos. Admitir la realidad será siempre preferible a ocultarla o negarla.
Tanta atención como el desprecio por la vida merece el problema de la drogadicción, definido por los religiosos como un monstruo que con su poderío económico y con sus métodos ha invadido todo el tejido social, incluyendo a la Policía, las Fuerzas Armadas, el Poder Judicial y demás autoridades.
La pastoral tocó muchos otros aspectos que preocupan y en realidad sufre la población, pero que no dejan de ser colaterales frente a la violencia y el aparente desparpajo con que una persona es privada de su existencia. Lo que los obispos definieron como desprecio a la vida marca la tónica del peligroso derrotero que trilla la sociedad dominicana.

