El proceso de mutación ideológica experimentado por Leonel Fernández desde sus horas de poder, ha sido absoluto. En ese sentido, sus posiciones respecto a diversos temas trascendentes, han sido estremecidas por ese vaivén en sus ideas, el cual, lo conduce a decir y hacer cosas excluyentes una de otra, en función de la composición de su auditorio.
Asume el discurso que sabe desean escuchar sus interlocutores y, de esa forma, en la mañana amanece seguidor fanático de un famoso personaje de la extrema derecha, en la tarde almuerza con representantes liberales y en la noche concluye su jornada inaugurando una estación del Metro en homenaje a los héroes de Constanza, Maimón y Estero Hondo. Todo ello, nadie lo dude, de conformidad con sus conveniencias políticas.
En el plano internacional, las cosas no son diferentes. Se las ha arreglado para ser admirador, al mismo tiempo, de Chávez y Uribe. Postula por el levantamiento del embargo a Cuba, pero no come cuentos con los norteamericanos. En la crisis de Honduras, fue un severo crítico de la destitución de Zelaya y terminó asistiendo a la toma de posesión del presidente resultado de ese golpe de Estado, no sin antes traerse a su país al presidente derrocado.
En el ámbito de la repostulación presidencial, ha cambiado tres veces de posición y en esa transformación es notorio el acomodamiento a sus particulares circunstancias.
Se recuerda cómo el político joven, liberal, moderno, democrático, era acérrimo postulante del modelo de los Estados Unidos. Una repostulación consecutiva y nunca jamás, con independencia de los resultados del intento.
Cuando impulsa la elaboración de un nuevo texto constitucional, defiende la tesis que terminó siendo acogida. Una repostulación consecutiva, un período de descanso, otra postulación, y así, por los siglos de los siglos. Es evidente la contradicción con su tesis inicial.
Cuando creíamos que todo estaba definido sobre ese tema, asiste a Colombia y propugna por una reflexión en América Latina a partir de la cual se puedan repostular los presidentes que, aun impedidos de hacerlo por la Constitución de sus países, puedan presentarse amparados en un real o supuesto respaldo popular.
Imposible dejar de relacionar tal declaración con su situación política particular. Una vez más, no se puede afirmar a ciencia cierta cuáles son los criterios definitivos del Presidente sobre los grandes temas. Todo va a depender de sus intereses. Eso es normal. Para él. No para el país.

