La ilusión de crear un mercado eléctrico basado en la propiedad privada en el país, ha quedado atrapado entre el oportunismo empresarial y la resistencia casi radical de influyentes técnicos del sector publico a despojarse del paradigma que nutrió su experiencia inicial: el monopolio eléctrico estatal tipo la antigua CDE.
En consecuencia, la imagen del actual sistema eléctrico es de una patética bicefalia, en la que cada cual tiene su parte. Los estatistas tienen su CDEEE con más letras y más presupuesto que la antigua corporación de tres letras, y los privatizadores tienen su reinado en la generación de electricidad con concesiones y contratos que los han hecho intocables, pase lo que pase.
Y así, en ese trance de indefinición, nos hemos metido en la más peligrosa de las fases de una crisis de servicio público: la parálisis de inversión.
Antes, cuando el Estado era único propietario ese problema se manejaba con una combinación de poco aporte estatal y financiamiento externo desde el Banco Mundial, el BID y otras fuentes similares. Pero, en el esquema de la privatización ese tipo de financiamiento tiene muy poco espacio y las inversiones están sujetas a conseguir financiamientos en el exigente mercado internacional de capitales, en el cual el llamado riesgo país y el específico del subsector tienen un impacto decisivo en el costo final del dinero y en la aprobación del préstamo.
Hay numerosos factores que determinan la actual parálisis de inversión en el sector y que podrían ser agrupados en tres renglones: las incorregibles y grandes pérdidas de la caja del negocio: las distribuidoras; la elevada politización de la gestión de los extensos intereses del Estado en el sector, y la extrema debilidad del sistema de regulación.
Hay que decir que esa politización la encabeza la propia CDEEE, que la complica con sus constantes pleitos públicos con otros agentes y con la particularidad de que los inversionistas saben que su administrador es un altísimo dirigente del partido de Gobierno, un coordinador de campana presidencial y que por sus manos pasan los fondos del PRA y de los subsidios con los cuales se les paga la energía que le venden. Ese tanto poder puede parecer un éxito para cierta gente, pero es un espantapájaros para los analistas independientes de esa clase de inversiones que son, por naturaleza, del tipo hundidas y cuya recuperación requiere tiempos que van de 20 a 30 anos.
En estos días, el Administrador General de la CDEEE ha hecho reiteradas criticas al sector privado porque a su modo de ver este se niega a invertir en el sector eléctrico. Acusación bien extraña, porque siendo la inversión el negocio de los empresarios es poco entendible que estos se nieguen a hacerlo en algún proyecto si el mismo tuviera garantías razonables de beneficios.
Pero, en realidad, la única garantía que tiene la inversión privada en nuestro mentado mercado eléctrico de hoy es la del fracaso o, como le respondió Don Celso: el suicidio.

