Pantalla total
Entre analistas locales se ha forjado la idea de que el presidente Leonel Fernández ha jugado un papel positivo frente a la inesperada y dramática catástrofe en Haití.
Cuando ocurren hechos como el destructivo terremoto de Puerto Príncipe, con inmediata repercusión en el lado dominicano, la gente presta especial atención a la actitud y actuaciones del titular del gobierno frente a los acontecimientos.
Y es que el presidente de un país tiene una dimensión simbólica como jefe de la nación, y los sucesos impactantes tendrán efecto en su valoración, sea o no parte directamente implicada.
Ahora bien, el caso haitiano ha tenido una extraordinaria intensidad dramática, y, durante semanas, se ha apoderado de la atención mediática local y extranjera.
Fernández, que ha demostrado tener un notable instinto político. Advirtió de entrada la oportunidad y conjugó sus indiscutibles deberes de jefe de estado con la actitud de un político en campaña permanente, que cruzó la frontera, se hizo fotos con un René Preval desorientado, y se coloco de golpe en el centro del escenario para inaugurar una prolongada jornada de publicidad de gran alcance.
Pero, mirándolo al revés, el despliegue de habilidades que hace en tales eventos el doctor Fernández va revelándoles a los dominicanos que la escandalosa ineficacia del presidente para enfrentar nuestras angustiantes crisis: la criminalidad, narcotráfico, corrupción en la administración pública, la del servicio de salud y los médicos, la de educación y tantas otras, no es porque no se entera, sino porque parece estar afectado de una extraña insensibilidad social que raya en la indiferencia frente al deber patriótico, o de una lamentable incapacidad para dirigir el gobierno con sentido práctico y eficiente.
Lo peor que le puede suceder a una sociedad es caer en los brazos de un líder siempre listo para el espectáculo, pero casi nulo para la acción transformadora en términos materiales y morales.
Debe reconocerse que tantos fastos y propaganda han embaucado a muchos dominicanos, pero cada día son más los convencidos de que, en realidad, vivimos de la pantalla, de pantalla total, como decía Baudrillard.

