A estas alturas de la campana electoral, Hipólito Mejía está logrando los objetivos básicos de cualquier candidato presidencial: elevar la motivación y la confianza de la militancia de su partido; forjar alianzas electorales con otras fuerzas políticas y atraer, movilizar, hacia el ruedo político real, a importantes e influyentes personalidades y sectores de la sociedad civil.
En resumen, Hipólito, como dijo Mao Tse Tung, está tocando el piano con los diez dedos.
Ahora bien, la incorporación de Hatuey De Camps como director político de campaña, ha tenido una repercusión interna mayor de lo que el propio Hipólito quizás imaginó.
El hecho ha tocado fibras sentimentales de los perredeístas, puesto que Hatuey es, para muchos veteranos dirigentes, una especie de ventana en movimiento a través de la cual centellean imágenes de memorables batallas, hoy casi borradas por el trajinar de los tiempos y los desvaríos propios.
Esa componente emocional ha fortalecido el espíritu de lucha de un ejército blanco que camina hacia el 20 de mayo bajo anuncios de que, si cae, -si el PRD cae – esta podría ser su última batalla por décadas.
(Cabria pues, recitar versos de Cesar Vallejo dedicados a España en un momento extraordinario y decisivo de su venerable historia: Niños del mundo/si cae España, -digo, es un decir-/ Si cae/ del cielo abajo )
Cada día que pasa, la campaña se hace más enconada y compleja. A veces, da la impresión de que la lucha entre Hipólito y Danilo es cuerpo a cuerpo. Literalmente.
Los votos sueltos se reducen y la franja libre o de indecisos en disputa casi desaparece.
En ese punto, la lucha pasa de la conquista de los votos independientes al arrebato de los que ya tiene el otro. Es la guerra abierta.
En esas delicadas circunstancias, la llegada de Hatuey agrega experiencia y profundidad estratégica al PRD; es, como dice Eligio, un cerrador oportuno.
Los esfuerzos de César Cedeño se enriquecerán con la presencia de un gran expositor político; y la mejor prueba de ello es la reacción de los adversarios.

