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PRD: final de juego

Durante largos años, la dinámica del PRD era como un juego de final conocido: agresiva oposición al gobierno de turno, multiplicación  de grupos y caciques, conflictos sonoros y al final el arreglo.

Pero, para ser justo, esa no ha sido toda su historia, porque en paralelo, como si se tratara de otro partido con el mismo traje, congresistas y gobernantes perredeistas han propuesto, aprobado y  ejecutado reformas de gran calado en casi todos los ámbitos del Estado y la sociedad.

Sin embargo, en los años transcurridos desde la lamentable partida del doctor Pena Gómez, el PRD se ha enroscado y embotado; en lugar de centrar sus actuaciones en la gente, en la sociedad y sus transformaciones, buena parte de su liderato se ha consumido protegiéndose a sí mismo, y en el plano de las ideas y propuestas ha quedado estéril o casi nulo.

Así, percibida por muchos como una organización estridente, auto centrada y congelada en el tiempo, el PRD ha sido como un espantapájaros electoral para amplias franjas de las nuevas generaciones de votantes y la clase media.

Esto explica su notable caída en la competitividad electoral de las últimas tres batallas contra el PLD. Aunque, en estos momentos,  luce muy recuperado.

Pero, no obstante el promisorio posicionamiento de hoy, el  reto  no se reduce a la recuperación coyuntural de la popularidad electoral. El desafío consiste en cómo lograr que el partido, manteniendo su anclaje en  los sectores más empobrecidos, se expanda  hacia las nuevas juventudes y sectores de profesionales y empresarios cuya sensibilidad política dista mucho del estilo pedestre que exhiben todavía importantes núcleos de dirigentes y grupos perredeistas.

En ese punto, la llegada de Miguel Vargas ha revivido la esperanza de transformar a fondo un partido cuya imagen y estilo de trabajo parecen reliquias del siglo pasado.

El Nacional

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