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Cuando el gobernador del Banco Central hace sus optimistas presentaciones públicas sobre la economía dominicana – centradas en indicadores macroeconómicos-, la gente y los analistas reaccionan tranquilos,  resignados, conscientes de que Héctor Valdez Albizu esta “pichando su juego”, que es el de resaltar sus números mágicos: tasa de cambio,  inflación moderada, el PIB y otros. 

No ocurre igual cuando el presidente de la República habla de economía con la misma alegría con que lo hace el gobernador. Frente al discurso de Fernández Reyna, la reacción de buena parte de la comunidad es de franca molestia y hasta indignación.  

¿Por qué, si ambos citan los mismos números son tan diferentes las reacciones? Quizá porque la gente piensa que el presidente debería enfocar la economía desde una perspectiva más abarcadora y cercana a la realidad cotidiana. La población esperaría un discurso socioeconómico mas completo.

Por ejemplo, la estabilidad macroeconómica y el crecimiento del PIB durante los últimos años no han servido para bajar el desempleo de un 14% en siete años de gobierno. Ese número, 14 %, coloca a la economía dominicana como la de más alto desempleo en América Latina; y es un indicador clave, puesto que del desempleo se deriva la emigración forzada, el hacinamiento, la delincuencia, el clientelismo, el chiripeo y las condiciones indignas de vida.

Pero, al doctor Fernández le parece que, como el PIB crece y la tasa de cambio sigue estable, la inversión en educación no es tan necesaria porque, ¡total!, la economía va bien.

Desempleo estructural y hundimiento de la calidad de la educación de los jóvenes se refuerzan mutuamente y van socavando la cohesión social, las instituciones y la seguridad ciudadana. El futuro se pinta feo para el grueso de nuestra juventud pobre.

Es decir, que aunque el Banco Central va de maravilla y el presidente y sus funcionarios flotan en un “mundo feliz”, el pueblo dominicano va mal, muy mal.

El Nacional

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