Una de las derivadas posibles del pragmatismo político es el dejar hacer y dejar pasar. Y esta desviación es peor si ocurre con un político al frente de la presidencia de una nación como la dominicana, donde la letra escrita y la palabra empeñada solo se cumplen si es a la fuerza o bajo presión.
Además, una cosa es ser pragmático en la oposición, en permanente búsqueda de simpatías, y otra muy distinta como gobernante, pues gobernar implica tomar decisiones, asumir responsabilidades y aplicar la autoridad que le reconocen la Constitución y el pueblo.
Por ejemplo, en los últimos anos, la sociedad dominicana no ha salido de un espanto, de múltiples escándalos, originados casi siempre en las estructuras del poder del Estado; sea una oficina del Palacio, Aduanas, la Policía, Control de Drogas, la Marina o el Ministerio Público. Pero esa multiplicación de hechos criminosos es generado, entre otras razones, por la impunidad que predomina en la mayoría de los casos. Un crimen sin castigo, estimula otros crímenes.
Las gestiones diplomáticas del presidente, incluyendo sus iniciativas sobre Haití, añaden valor a la imagen del país, así como los triunfos sin precedentes de los atletas dominicanos en los Juegos Centroamericanos en Puerto Rico.
Pero, la gente está abrumada de malas noticias y escándalos (sicariato, Sobeida, muertes a manos de policías y el afán de Bengoa por aumentar los impuestos).
Y, ahora, el fantasma del crimen ha cubierto con su espesa sombra la ruta vital de un periodista excepcional: Fausto Rosario Adames. El caso ha escandalizado al mismo primer mandatario.
Obvio, el exitoso pragmatismo electoral ha adquirido vida propia, no discrimina, y, como el Frankenstein de la leyenda, amenaza la vigencia de sus mentores.
En resumen, doctor Fernández, hay escándalos largos y sonoros, y usted, sigo creyendo, es un demócrata liberal.

