Credibilidad, confianza, es una condición fundamental de un árbitro o juez de unas elecciones generales por la presidencia de la nación. En el caso de nuestra Junta Central ElDETALLESectoral, en materia de credibilidad tiene una falla de origen: algunos de los jueces principales, incluyendo al presidente del tribunal, son reconocidos dirigentes de partidos políticos.
Además, a este hecho objetivo, se le suma una tradición cada vez más disminuida pero que de cuando en cuando aletea y se asoma como un pájaro de mal agüero que se resiste al retiro: los fraudes y manipulaciones cometidos durante décadas desde el poder.
Está claro que, con el tiempo, los certámenes electorales dominicanos han avanzado en organización, tecnología y transparencia, pero todavía falta mucho que recorrer. Hoy, los especialistas de la JCE dicen que no es posible el fraude electoral, sino que si acaso algo que denominan inconciliación o una palabreja parecida.
Pero abundan los testimonios y casos contundentes durante elecciones congresuales y municipales de cómo en algunas situaciones cerradas y conflictivas la intervención final del tribunal electoral ha terminado desconociendo la voluntad mayoritaria de los electores y quitándoles, legalmente, la victoria a representantes de la oposición.
En estos días, la JCE se ha metido en un tren de conflictos y cuestionamientos públicos nada convenientes. La Junta no puede ser (o no debería) una caja de resonancia de ningún partido político, sea de gobierno o de oposición, pero tampoco puede, en asuntos sensibles como su sistema de cómputos, actuar unilateralmente y pretender imponerles situaciones delicadas a las fuerzas políticas en competencia.
Ni los espacios pagados, ni los comentaristas alineados, ni tampoco la exposición pública exagerada del titular del tribunal van a insuflar la confianza que requiere el proceso y que, por la izquierda, han ido erosionando las decisiones opacas y autoritarias de la propia JCE.
Por ejemplo, la impresión del documento oficial sobre el calendario de actividades hasta mayo 2012 se hizo en colores amarillo y morado, los símbolos del PLD. Y así pueden citarse otros hechos que han disparado las alarmas de la opinión pública.
