El modelo Fernández se ha pinchado, y ha dejado escapar por sus poros la ilusión de trasformación y la savia ética que alentó su promisorio inicio a mitad de los 90. Ese vaciamiento ideológico se pretende compensar con guata vieja, hasta conformar un costosísimo aparato electoral que se alimenta del erario público y de nuestra pobre institucionalidad.
Los hechos cotidianos en la esfera pública, el creciente malestar social y la apreciable dilución del discurso presidencial van haciendo evidente la necesidad de una fuerza política que haga oposición firme y de amplio alcance al Gobierno del doctor Fernández.
Ahora bien, de todas las organizaciones en la oposición real, el PRD es el que tiene más claro potencial para convertirse en la fuerza política alternativa en el 2012.
Ese posicionamiento del partido blanco es el resultado, entre otros factores, de la estrategia de acoso y captura desplegada por el Presidente Fernández frente al Partido Reformista y otros grupos políticos, y que ha dejado al PRD junto a sectores de la sociedad civil y grupos populares como las únicas fuerzas activas en la oposición.
Pero, la pregunta que se hace la gente es la siguiente: ¿Podrá el PRD colocarse a la altura de las circunstancias y convertirse en una sólida opción de cambio para el 2012?
El primer punto es que no se debe subestimar la eficacia electoral de la estrategia de conformación de mayoría que viene aplicando el Presidente Fernández.
Se trata de una que ataca en la base, en el medio y en la cúspide de la sociedad. Para ello el Gobierno ampliara la distribución de tarjetas para gas, dinero y seguro medico entre la población pobre, continuara influenciando comunicadores y sonsacando a cabezas de grupos y partiditos.
En medio de ese panorama el PRD tiene una complicada agenda interna que incluye la celebración de dos convenciones, una para renovar su directiva nacional y otra para escoger sus candidatos para las elecciones del 2010. Además, esos ambos discurrirán en el marco de un delicado proceso de redefinición del liderazgo máximo en el partido, hecho que provoca siempre agudas tensiones y, a veces, fracturas dolorosas.
Muchos pensamos, que decidir sobre un padrón de electores y elegir nuevos directivos por votación no debería ser motivo para amenazas, sabotaje de reuniones y pleitos en un partido democrático en pleno Siglo 21.
Las anteriores divisiones en el PRD han ensenado que en muchos casos el desgarramiento pudo haberse evitado si los dirigentes involucrados hubieran recurrido antes que nada – a un gran acuerdo unitario o a la solución de la contradicción principal mediante la votación libre de las bases.
Naturalmente, que para llegar a tal actitud y disposición se requieren políticos con profunda humildad y compasión frente a unas bases de militantes que ha sido fiel, esta empobrecida y que ha sufrido largo precisamente por las ambiciones y los pleitos fratricidas entre sus principales líderes.

