Opinión

¿Día de qué?

¿Día de qué?

Primero de mayo, fecha absolutamente despojada de la connotación que le acompañaba en el pasado. No es pérdida exclusiva de un sector social que, como el de los trabajadores, ha evolucionado hacia características diferentes a la época en que su día servía para impulsar aspiraciones que hoy se han transformado de manera radical, en sentido negativo.

La metamorfosis que ha conducido a la desaparición de la importancia de conmemoraciones como esta, abarca todo aquello que exija un mínimo de valoración social, de fervor patriótico, de espíritu de cuerpo o de exaltación de un antaño que pretendió construir un porvenir diferente que se ha truncado en el camino y que ha producido una actualidad alejada de los sueños forjados.

Se agotaron las mentes portadoras de ideas que enarbolaban posiciones que desdeñaban lo individual; que no priorizaban lo material; que mostraban orgullo por asumir sacrificios extremos en aras de potencializar el ascenso a peldaños de beneficios generales; que enfrentaban riesgos espantosos en proyectos que lucían quimeras.
No se trata de llorisquear ante evoluciones ineludibles, naturales, lógicas y en muchos casos convenientes de circunstancias que en el presente son distintas, ni postular por seguir recurriendo a herramientas que se explicaban a partir de contextos disímiles.

Lo penoso es que no se hayan estructurado nuevas estéticas adecuadas a las realidades surgidas, con el propósito enfocado en alcanzar lo que continúan siendo aspiraciones postergadas, pero jamás desaparecidas.

Hacer un inventario de conquistas pendientes es encontrarnos con idénticos requerimientos imposibles de continuar vigentes, de haberse recorrido caminos antitéticos al desastre que ha sido el destino y la forma de administrar el patrimonio que como nación hemos generado y que de haberse actuado de forma responsable habría significado que nuestras demandas fueran por alcanzar aspectos no tan básicos como siguen siendo, salvo que se crea en el cuento de que somos lo que parece si el todo se juzga por una parte pequeñita de él.

Este día, por demás desplazado de fecha para facilitar las mismas dinámicas económicas que han servido para preservar una desigualdad que tarde o temprano producirá estallidos, pasará sin pena ni gloria, sin repercusión en la mente de millones de personas que no trabajan porque la sociedad les niega ese derecho, o lo hacen de forma tan precaria, que les fuerza a jamás superar un estado de precariedad que eterniza el círculo vicioso de la pobreza, que es lo mismo que no vivir.

El Nacional

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