El PRD está entrampado en una profunda crisis que tiene dos vertientes fundamentales. Por un lado un aspecto de naturaleza estrictamente política, y por el otro un asunto de carácter disciplinario que se conecta con un elemento jurídico. En ambos sentidos, sus perspectivas de salir airoso parecen remotas.
En lo concerniente al tema político, el problema se manifiesta en que esa importante organización viene sufriendo una serie de derrotas consecutivas que son inexplicables a partir de sus potencialidades, las cuales, de manera irónica, se ponen de relieve en los certámenes en los cuales participa, pero que no le resultan suficientes para alzarse con la victoria.
Lo atinente a la violación a las normas disciplinarias se evidencia en el hecho innegable de que se está en presencia de un grupo de dirigentes, encabezado nada más y nada menos que por el presidente del partido, que no asumieron los deberes esenciales que sus funciones y el sentido de lealtad partidaria les imponía. Permitir que eso transcurra sin las condignas consecuencias, asestaría un duro golpe al principio de autoridad y a la fidelidad debida a la organización. Pero hacerlo supone actuar de forma correcta, para que los que han faltado no puedan salirse con las suyas.
En sendas manifestaciones del problema el PRD está dando muestras de que no transita el camino correcto. Para nada parece interesar las transformaciones profundas que se requieren para lograr conectar el partido con una proporción suficiente del país que le permita acceder al gobierno y derribar la resistencia que continúa padeciendo de parte de sectores decisivos de la nación. Por el otro lado, no ha podido ser más torpe la ruta trazada para aplicar sanciones a quienes incurrieron en obvias violaciones estatutarias y disciplinarias.
Lo más triste es que, con asombro, se aprecia a un partido diluido con el problema que no es, desatendiendo al que sí lo es. El percance político fundamental al que debiera abocarse esa entidad es el de resolver los tremendos obstáculos que vienen impidiendo que sus metas partidarias sean alcanzadas. Lucen, como imberbes, embelesados ante las tácticas y estrategias pautadas por sus adversarios y que, de continuar ensimismados, serán tontos útiles para la permanencia en el poder de quienes están llamados a derrotar.
Como si faltara algo, no se vislumbra que ninguno de los liderazgos que en la actualidad encarnan las disputas principales, esté en la posibilidad de superar esa circunstancia fatal.

