El presidente de Irán, Mahmud Admadineyad ha visitado a sus homólogos Iberoamericanos y por supuesto el comienzo de su gira ha sido Venezuela. En cada visita, no faltaba más, se ha expresado lo que reza el refrán. los enemigos de mis enemigos son mis amigos.
La gira se realiza cuando Estados Unidos recrudece las sanciones a Irán (aún se espera la decisión de la UE) a las que Irán responde con la amenaza del cierre del estrecho de Ormuz por el cual se transportan 15.5 millones de barriles diarios, el 33% del petróleo que se transporta por mar, además, ofrece una demostración en un ejercicio de lanzamiento de misiles iraníes, mientras ocurre la cuarta muerte por un atentado de un científico nuclear iraní.
En Venezuela el presidente iraní ha dicho que es una coalición que ha decidido darle el frente a las arrogancias del imperialismo internacional. En caso de que fuera cierto que construimos una bomba, la energía de esa bomba es el amor. ¡Qué tierno!
En su visita a Nicaragua, resulta que no es que son amigos, son hermanos. Dice Ortega que ambas revoluciones habían nacido hermanas el mismo año y del mismo útero. ¡Serán mellizas o serán gemelos? ¡Cuidado!, que cualquier otra cosa Irán lo fusila. ¿Pero, acaso hubo revolución en Nicaragua? Se supone que las mujeres nicaragüenses tendrán que vestir al estilo de las musulmanas. ¡Todas arropadas de pies a cabeza!
El presidente de Ecuador dice que no vamos a permitir que nadie desde afuera nos dicte que vamos a hacer con nuestras relaciones internacionales. Señor Obama, está usted enterado. En Cuba recibe el título de doctor honorífico de la Universidad de la Habana y se entrevista con el líder supremo y con el heredero de la dinastía. Lo más llamativo es la chaqueta deportiva, esta vez de color azul del Comandante. ¿Deportista?
Relata Lin Yutang que en un artículo Charles Ferguson proponía un cocktail party en el cual el objetivo sería emborrachar a los dignatarios esencialmente presumidos, desastrosamente rectos y enconadamente conscientes de su tremenda rectitud, tan rápidamente como fuese posible. Y a la mañana siguiente, lejos de ser los irreprochables y superhombres, los mejores del mundo, habrían pasado a ser hombres ordinarios y quizá con ánimo de encarar los asuntos como hombres y no como semidioses. ¡Quién invita?

