A este país, como a todos, suele ocurrirle sucesos positivos y negativos. En ninguno de los dos escenarios lo celebra o lamenta adecuadamente. Algo peor, no le resulta fácil identificar las fuerzas preponderantes que propiciaron que los hechos se produjeran en determinadas direcciones.
Eso está ocurriendo a partir del anuncio del Presidente de que no va a procurar su repostulación en las elecciones del 2020.
Se trata de un acontecimiento extraordinario, -no por él, sino para la república-, que todo interesado en la consolidación democrática de la nación debe ponderar con algarabía. Hay consenso de lo nefastas que han sido las reelecciones presidenciales; lo pernicioso de tener presidentes en campañas electorales siendo candidatos; de los efectos terribles de eso para la economía. Entonces, ¿por qué no celebrar que el ejercicio ciudadano haya logrado evitar que eso se repitiera?
A nadie debe quedarle duda: El Presidente ha sido derrotado por una conjunción de factores nacionales e internacionales que evidencian algo que no muchos están percibiendo: Las cosas, al fin, empiezan a cambiar entre nosotros. El hecho de que un presidente en ejercicio, asumiendo las prácticas habituales para modificar la Constitución y repostularse, no haya podido hacerlo, constituye un acontecimiento inaudito en nuestra historia política.
Es obvio que el primer mandatario jamás iba a admitir que no pudo prosperar en sus esfuerzos por alcanzar el objetivo, pero solo un observador obnubilado podría negar lo que estuvo a la vista de todos. El único mérito con propiedad que él hubiese podido reclamar era haber cumplido su palabra de que solo le interesaba un período y nunca más.
Como de tonto no tiene nada y es un político a la usanza tradicional, está intentando sacar el mayor provecho posible de la inesperada situación que se le ha presentado. Ha transformado su proyecto reeleccionista personal, en un proyecto reeleccionista del Danilismo, con el agregado de su habilitación posterior para que todo se reduzca a meras vacaciones sin el control directo del Estado.
Su actitud provoca dos circunstancias fundamentales: El avasallamiento que le espera a Leonel Fernández, cuyo mutismo revela su preocupación, y la necesidad de que la población tome conciencia de que deben activarse las causales que propinaron esta derrota presidencial, con el propósito en esta etapa de impedir la continuidad del peledeísmo en cualquiera de sus manifestaciones.
Esa debe ser la consecuencia natural y beneficiosa de esta victoria maravillosa conquistada por el pueblo dominicano.

