Opinión

Donald Trump

Donald Trump

A mi sobrino, quien labora en una importante compañía de turismo de la ciudad de Nueva York,  su jefe, quien se había enfermado, le solicitó que fuera a recoger a la hija de Donald Trump.  Así lo hizo, y la joven no solo no respondió su saludo, sino que le pasó la dirección en un pedacito de papel y al salir tampoco dio las gracias.

Nada sorprendente en quienes consideran a negros e hispanos inexistentes.  Durante esa visita presencié la angustia de  mujeres negras y latinas que habitan un edificio para víctimas de violencia ubicado en el centro de Manhattan, por el supuesto interés de Trump  en comprar sus edificios y la presión de  la ciudad   para que se mudaran.

Son las anécdotas sobre un “hombre exitoso en las finanzas”, notorio por estar siempre acompañado de futuras Miss Universo (dime de lo que alardeas y te diré de lo que careces) y por una ex-mujer, vulgar imitación de una ZaZa Gabor en decadencia, que va de gigoló en gigoló.

Son los gajes del exceso de capital empeñado esta vez (Berlusconi es otro ejemplo) en incursionar en una área que hasta hace poco no les interesaba:  la política.

Y el problema no es Trump, quien no amerita estas líneas, sino lo que éste refleja sobre  la gran tragedia de la inteligencia norteamericana, la cual existe, y es austera, ética, brillante, creativa, pero irremediablemente individualista.

Ese individualismo  explica el desfile de malos presidentes, elegidos  por masas poco educadas y socializadas  como ciudadanos que se creen con derecho  a determinar la vida de la humanidad, aunque para ello tengan que bombardear objetivos civiles y matar a  hijos y  nietos de  gobernantes que no se pliegan a sus demandas, algo que resta  legitimidad moral a todo argumento intervencionista.

La lista de malos presidentes norteamericanos es larga, pero algunos bordean psicopatías de toda índole.

Hay que recordar a Lyndon B. Johnson y sus sesiones con el director del FBI, para escuchar  grabaciones de Martin Luther King haciendo el amor con su esposa. Al mentiroso compulsivo que era Richard Nixon, al actor mediocre que era Reagan, y de Bush y su incapacidad para deletrear en una clase de pre-escolar, ni hablemos.

Esos presidentes, repito, evidencian la gran tragedia de la inteligencia norteamericana, en un país donde conocí a la izquierda más pura, la que está motivada por ideales y solidaridad, no por resentimientos, o futuras prebendas.

Trump,  es otro ejemplo de vulgaridad económica, aunque Obama ¿en su ingenuidad a lo Peña? no haya entendido la frase martiana de que “Águila no caza moscas” y le haya mostrado su acta de nacimiento, lo que justamente ha llenado de indignación a los afroamericanos y a todo aquel o aquella que tenga dignidad.

¡Que Dios nos libre, y libre a nuestra industria turística,  de semejante escoria!

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación