Uno de los viceministros de Educación informaba en estos días que, además de español y matemáticas, a los maestros dominicanos hay que enseñarles gerencia, pues no saben qué hacer ni con los fondos que pueden recibir en sus escuelas, ni con la redacción y tramitación de informes, ni con nuevos equipos. Es decir que al español y matemáticas habría que añadir el problema de la falta de gerencia.
Otros afirman que al profesorado habría que darles una introducción remedial a las bellas artes, pues pocos cultivan el interés por las letras, la música, la plástica, o simplemente la lectura, y si ellos y ellas no los cultivan difícilmente motivarán al estudiantado a hacerlo, limitándose a lo estipulado por los módulos curriculares a su vez sujetos de evaluación.
Recuerdo, que en Intec, hace más de dos décadas, se creó una maestría para directores regionales de Educación, a la cual me invitaron a participar a pesar de que yo regresaba de Estados Unidos con una maestría en educación, pero donde estudié a teóricos que nada tenían que ver con los nuestros. Cuando objeté que no estaba familiarizada con reconocidos autores estudiados por el profesorado dominicano, la coordinadora me dijo que precisamente por eso me elegía, para que aprendiera, y eso hice.
¿Qué fue lo que hice? Tratar de desarrollar la capacidad de pensamiento crítico a través de la lectura comparativa de autores que tratando el mismo tema tenía posiciones contrarias. ¿Y qué descubrí? Que la mayoría de nuestros directores regionales de educación no podían, o sabían, hacer una lectura comparativa, no tenían capacidad de síntesis y mucho menos de articular su parecer sobre los temas.
El segundo gran descubrimiento fue la absoluta carencia material y cultural en que ejercían su magisterio. Muchos me entregaban sus trabajos manuscritos, en papel de carta de ese que se vendía en los colmados, a lápiz o con lapicero rojo. Cuando les reclamaba que estaban a nivel de maestría y que ello era inaceptable, me decían que llegaban demasiado cansados a sus casas para buscar a alguien que tuviese una máquina de escribir (ni hablar de computadora), y que eran demasiado pobres para pagarle a alguien para que se les transcribiera lo que habían escrito. Y todavía no hablo de las faltas de ortografía, ni de los problemas de estilo, o de sintaxis.
¿Dónde estaba y está el problema? En el origen de clase del magisterio, (¿quién era Salomé Ureña), al igual que en el mercado de trabajo y sus demandas, las mismas que se aplican a la enfermería y todas las profesiones donde las muchachas pobres de este país encuentran empleo. De ello hablare en otro artículo.

