Opinión

E Pluribus Unum

E Pluribus Unum

En noviembre de 1962, el muy respetado reportero de televisión estadounidense Howard K. Smith tituló uno de sus programas noticiosos semanales «El obituario político de Richard M. Nixon». En ese entonces, Nixon había sido dos veces Vicepresidente de los Estados Unidos bajo la presidencia de Dwight David Eisenhower. Sin embargo, Nixon perdió de John F. Kennedy las elecciones presidenciales de 1960 y luego, en 1962, perdió la candidatura para gobernador de California.

No obstante, para parafrasear a Mark Twain -quien se encontró con un artículo que erróneamente reportaba sobre su muerte en un periódico estadounidense- el reportaje de Howard K. Smith sobre la muerte política de Nixon fue grandemente exagerado. En el 1968, Nixon ganó la Presidencia y, cuatro años después, ganó la reelección en una de las más grandes avalanchas electorales jamás vistas en la historia presidencial del país. Tiempo después Nixon fue forzado a dimitir de la Presidencia, pero demostró ser el maestro de los renacimientos políticos años después cuando se reinventó como un sabio estadista. En palabras pronunciadas en su funeral, el Presidente Clinton pronunció palabras conmovedoras sobre su persona.

Nixon no ha sido el único Presidente que ha sufrido una humillante derrota en su afán por alcanzar la Presidencia. En realidad, al analizar la historia reciente, se puede percibir que una pérdida, aún una pérdida electoral humillante y devastadora, es parte del fortalecimiento de un candidato y un prerrequisito para la victoria. Un breve sondeo de las carreras políticas de los últimos presidentes explicará mejor lo que quiero decir.

Cuando Barack Obama, el actual Presidente de los Estados Unidos, participó en las elecciones congresionales del año 2000, fue derrotado por un margen mayor de un dos por uno. Algunos reportajes de prensa sugieren que en ese momento Obama consideró retirarse de la vida pública. Sin embargo, Obama siguió en la carrera y, ocho años después, fue electo Presidente.

El predecesor del Presidente Obama, George W. Bush, participó en las elecciones congresionales de Texas en el 1978, y también perdió. Volvió a participar en unas  elecciones para alcanzar un puesto público 16 años después. Bill Clinton buscó la reelección como Gobernador de Arkansas tras concluir su primer período de dos años, y fue derrotado por un amplio margen. Clinton ha expresado que esa derrota fue una lección de humildad que lo llevó a un periodo de reflexión que contribuyó a sus futuras victorias. Tanto George H. W. Bush y Ronald Reagan también perdieron en sus esfuerzos por llegar a la Presidencia. En ese entonces muchos observadores pronosticaron erróneamente que sus carreras habían terminado.

Aquí hay lecciones que aprender. Primero, creo que esta impresionante historia de perdedores que logran alcanzar la Presidencia es un resultado de una orgullosa tradición que, salvo algunas excepciones, en los Estados Unidos se entiende que los perdedores aceptan sus derrotas.

Nosotros damos por sentado que el candidato que trabaja para alcanzar un alto cargo y que si pierde las elecciones, aceptará la derrota con dignidad y que el ganador felicitará al perdedor.

Y segundo, está más que claro que una derrota no es el final de una carrera política en una democracia. En realidad, podría ser un paso necesario para alcanzar el éxito. Tal y como han dicho algunas personas, uno suele aprender más de sus errores que de sus éxitos. Eso es una realidad tanto en la vida como en la política.

El Nacional

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