La esencia de lo que ha sido la historia del perredeísmo, el partido que enarboló y ondeó las banderas de las libertades, se esparció con su agradable aroma en la convención de ayer domingo, en la que la disputa por la secretaría general matizó todo el proceso. No importa quién haya sido el triunfador, sino el hecho de que las masas del PRD se resistieron, a través de una saludable combinación de dignidad y madurez, a los dictados de su nueva dirección. Es posible que el doctor Guido Gómez Mazara no fuera santo de la devoción de muchos que lo respaldaron sólo por el interés de reivindicar el carácter democrático de una organización que históricamente ha luchado contra la sumisión, el avasallamiento y los abusos de poder. Que tenga que organizarse y disciplinarse es una cosa, pero renunciar a la dignidad y los principios en aras de la ambición de poder es otra. Con el poder del nuevo equipo encabezado por el ingeniero Miguel Vargas Maldonado era para que la familia perredeísta cerrara filas sin chistar en torno al licenciado Orlando Jorge Mera. Sin embargo, la memoria del doctor José Francisco Peña Gómez parece que irrumpió en el proceso. Ninguna figura nacional ha sorteado más percances ni ha sido más perseguido y denostado que Peña Gómez, sin que éste jamás se arredrara frente a las adversidades. Su legado de alguna forma ha sido reivindicado en una convención en que la historia del PRD se ha rebelado contra la voluntad de una dirección de matices conservadores, una dirección que prefiere aliarse ante que enfrentar a los responsables de la degradación de la familia. Al margen de los resultados de la convención, constituyen un halo de esperanza para la batalla que todavía espera al pueblo en aras de la justicia social los ecos que se han sentido con motivo de la convención del perredeísmo. Hacía falta esa expresión perredeísta.

