Opinión

Edith: la edad dorada

Edith: la edad dorada

No hay tal cosa como la vejez, sólo hay lamento”. ”La vida es lo más triste que hay, después de la muerte; sin embargo todavía quedan nuevos países por conocer, nuevos libros que leer (y que yo espero escribir), y miles de pequeños momentos extraordinarios sobre los cuales maravillarse… Yo todavía me froto las manos en el viejo fuego, aunque cada nuevo año se nutre de la madera seca de viejas memorias”.
Quien así escribe es una mujer que no es convencionalmente bella, por lo menos así la muestra su foto más famosa, forrada de mangas de encaje y estolas de armiño.

Hasta su arribo a la vida, en 1830, y posterior descubrimiento como Edith Warthon, la escritora más famosa de su tiempo, nacida como Caroline Schemerhon Astor (nieta del hombre más rico de Norteamérica John Jacob Astor), no se pensaba que las mujeres de la oligarquía, o burguesía, podían pensar. Ni hablar de las mujeres trabajadoras, simples máquinas de reproducción de la especie y del capital.

Considerada como la mayor cronista de su tiempo, Edith se dio a conocer con su novela llamada “La Casa de la alegría”, la cual publico en 1905, donde describe a las mujeres de su círculo social como a un grupo muerto de aburrimiento que se entretenía buscando los chismes de las páginas sociales. Contabilizando cuantas veces sus nombres aparecían en los periódicos.

Veinte años más tarde escribiría “La edad de la inocencia”, la cual le ganó el Premio Pulitzer, donde celebra con ironía “esas seguras, monótonas y rígidamente circunscritas tradiciones” de su círculo y describe la vida de su prima, reina de New York, Mrs. Astor, cuyo “pequeño” salón de baile acogía anualmente a cuatrocientas personas y cuya mansión tenía doscientas habitaciones. Por qué los megaricos necesitan tantas habitaciones y baños, es algo que desafía la imaginación.

Lo maravilloso de sus libros es que leyéndolos una se sumerge en lo que era la ciudad de New York del periodo, con sus enormes mansiones, las cuales comenzaron en lo que es hoy el Village y fueron avanzando al norte de Manhattan hasta la 77 y la entonces Cuarta Avenida, hoy Park Avenue.

Interesante descubrir que en lo que es hoy el Empire States Building estaba la mansión de Edith y su esposo, que luego vendieron a los constructores del Waldorf Astoria y estos a su vez a los que construyeron el Empire. Su segunda mansión, en la calle Quinta Avenida y 65 también se vendería para la construcción de otro hotel llamado Astoria que luego desaparecería con el paso del tiempo, porque el tiempo, el implacable, es el fuego de la vanidad.
¿Fuego o ceniza?

El Nacional

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