Durante los primeros tres años del pasado cuatrienio, el gobierno alcanzó importantes logros, destacándose entre ellos la estabilización de las variables macroeconómicas que habían perdido la brújula a raíz de la crisis bancaria del 2003. El 2008 fue, sin embargo, desastroso desde todo punto de vista; por encima de la baja tasa de inflación y del relativo equilibrio del tipo de cambio que el mandatario presentó como aciertos ante la Asamblea Nacional el 27 de febrero, los niveles de desempleo subieron y el saldo deficitario de las cuentas fiscales fue alarmante.
Y es que para sustentar su proyecto continuista, fue preciso expandir el gasto público a tal punto que cerramos con un déficit de aproximadamente 55 mil millones de pesos, mientras que por la misma razón el presupuesto de este año se formuló con la aprobación de créditos por el orden de 2 mil millones de dólares. Este ritmo de endeudamiento tiene que desacelerar; según datos oficiosos, durante los primeros 47 días del 2009, el gobierno incrementó la deuda interna en 4.9 mil millones de pesos, equivalentes a poco más de mil millones de pesos por día.
Para ponernos a pensar en lo que podría ocurrirnos si esa deportiva política de financiamiento no es detenida, bastaría indicar que al servicio de la deuda se destina actualmente un 12% más de las recaudaciones corrientes que a educación y salud, combinados. Y en esas circunstancias, agravadas por la crisis financiera internacional que limitará la inversión extranjera, el Departamento de Estado de EEUU nos reprochó el estado de descomposición pública y corrupción administrativa, coincidiendo así con la más reciente Carta Pastoral, con Hotoniel Bonilla y con Miguel Cocco, quien volvió a quejarse amargamente de la podredumbre que se evidencia en muchos sectores de la administración pública.
El referido informe dio cuenta también de la vocación delictiva de muchos oficiales de las FFAA, y debemos preguntarnos si es una consecuencia de las fortunas que se levantan sin acta de legitimidad. Al menos eso piensa Julio César Valentín, quien no hace mucho sostuvo que el afán desenfrenado de lucro ha empujado a mucha gente, militares incluidos, a valerse de cualquier medio para emular los perniciosos ejemplos de la clase política. Más todavía, el sacerdote Santiago Bautista denunció que nos están gobernando con muneca de trapo, y que se imponía destituir a funcionarios corruptos que no se cuidan siquiera de disimular su sospechosa opulencia.
Sea como fuerte, lo cierto es que vamos por mal camino; si el gobierno no disciplina el gasto público y prioriza la inversión, si sigue ejecutando obras para las que no existen recursos disponibles, si sigue endeudándonos irresponsablemente, si no reacciona contra la pasividad que le permite a sus funcionarios hacer zafra del erario, se abona al malestar que denunció la prestigiosa revista The Economist, que no sólo definió como nefasta la situación económica, sino que también nos situó entre los primeros cuatro países de América Latina con más alto riesgo de estallido social.

