Opinión

El Ánfora del Lenguaje

El Ánfora del Lenguaje

Como si una fuera poco, son dos las obras que han salido recientemente de la prestigiosa pluma de Bruno Rosario Candelier, Director de nuestra Academia Dominicana de la Lengua. Se trata de El Ánfora del Lenguaje y La Pasión Inmortal, que constituyen magníficos estudios que elevan el prestigio de las letras y del conocimiento de nuestra República. De una singularidad brillante, la elegancia y el saber de la pluma del autor es joya privilegiada que nos corresponde apreciar y enaltecer en la República Dominicana. En esta ocasión me referiré a El Ánfora del Lenguaje, cuya lectura estimula el ansia del saber, muchas veces dormido en el afán del paso de los días de nuestra existencia sin reencontrarnos en la literatura con la vida de aquellas lecturas que jamás se pierden en el transcurso de la existencia del ser humano.

En mis lecturas, siempre he sentido fascinación por leer, saber y conocer todo lo relacionado al inmortal Don Quijote de la Mancha, de cuyas hazañas y vivencias me he nutrido siempre, especialmente en mi tiempo agotado en el año que viví en Madrid, donde tuve la oportunidad de saborear más las aventuras y vida de don Quijote de la Mancha, llegando mis conocimientos un poco más allá para percibir la obra inmortal de Cervantes, a la cual el tiempo transcurrido no parece haber agotado.

La pluma brillante y profunda de Bruno Rosario Candelier, gran escritor de nuestro pueblo, me amplió más mi creencia en la eterna existencia de Don Quijote de la Mancha, me amplió más mi creencia en la eterna existencia de Don Quijote de la Mancha, de su inolvidable autor, Cervantes, y también de España. He encontrado en esta magistral obra, tras algunas noches de lectura, la referencia del libro imperecedero de Miguel de Cervantes. Bruno Rosario Candelier, en líneas breves con su apreciación del buen saber, nos cita lo siguiente:

Mira, Sancho, por el mismo que denantes juraste, te juro –dijo don Quijote- que tienes el más corto entendimiento que tienen mi tuvo escudero en el mundo. ¿Qué es posible que en cuanto ha que andas conmigo no has hechado de ver que todas las cosas de los caballeros andantes parecen quimeras, necedades y desatinos y que son todas hechas al revés? Y no porque ello sea así, sino porque andan entre nosotros siempre una caterva de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan, y las vuelven según su gusto y según tienen la gana desfavorecernos o destruirnos; y, así, eso que a ti te parece bacía de barbero me aparece a mi el yelmo de Mambrino y a otro le parecerá otra cosa. Y fue para providencia del sabio que es de mi parte hacer que parezca bacía a todos lo que real y verdaderamente es el yelmo de Mambrino, a causa de que, siendo él de tanta estima, todo el mundo me perseguía por quitármele, pero como ven no es meas que un bacín de barbero, no se curan de procuradle, como se mostró bien el que quiso rompelle y le dejó en el suelo sin llevarle, que a fe que si le conociera, que nunca él le dejara.

A continuación, la brillante pluma de Bruno Rosario Candelier nos dice sabiamente:

“Somos pueblos quijotescos, es decir, pueblos donde el elemento onírico, mítico y legendario se sobrepone a la razón y al sentido común y como tal, en ese sentido como pueblos que están desde hace siglos en esta etapa de vivencia pautada por una mentalidad mágica –que luego se conocería como una expresión peculiar de la narrativa latinoamericana, conforme lo han ilustrado en sus respectivas narrativas escritores de la talla de Miguel Ángel Asturias, Juan Bosch, Alejo Carpentier, Juan Rulfo y Gabriel García Márquez en sus diversos relatos de realismo mágico- parecería que tiene más sentido el Quijote en uno de esos pueblos hispano parlantes que en la propia España, condición quijotesca que parece identificarse más con nuestra manera de ser, de pensar y de sentir que heredamos de España, no por atraso, sino por mentalidad, no por capricho sino por modo de vida e idiosincrasia, en el contexto propicio al engendro de las esperanzas y sus variable, en el ámbito de la creencia, de los sueños y de los mitos”.

La lectura de esta obra de Bruno Rosario Candelier nos ilustra y ensancha nuestro pensamiento. Su lectura nos amplia un  poco más nuestro horizonte sobre las posibilidades de la lengua. Leerlas es de trascendencia en nuestro diario hacer y resultarán muy útiles para los abogados y su esgrima retórica en los tribunales. Al leer las obras de Bruno Rosario Candelier quedamos con el conocimiento enriquecido y fortalecido con las mejores enseñanzas que han madurado en nuestras vidas con obras como Don Quijote de la Mancha.

El Nacional

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